HISTORIAS DE LA RADIO

6 de Noviembre del 2018 a las 21:07 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en la Tribuna de Diario Sur de 5 de noviembre de 2018https://www.diariosur.es/opinion/historias-dela-radio-20181105201714-nt.html

Mi historia con la radio comenzó, como tantas historias de amor, con altas dosis de odio. En las sobremesas caniculares de verano mi madre me obligaba a dormir la siesta: como no tenía sueño me dedicaba a intentar escuchar la radionovela que mi madre escuchaba en la cocina. Es curioso como con el paso de los años aquello que tanto odiaba, la radio y la siesta, han terminado siendo paisajes deseados y necesarios en lo cotidiano.

La noche del golpe de estado del 23 de febrero es conocida como ‘la noche de los transistores’: en mi recuerdo no está la noche sino más bien una feliz mañana porque no fuimos al colegio y en la tele ponían una película de un señor pelirrojo; mientras, en la cocina, mi madre, en su ‘mañana de los transistores’, escuchaba el desenlace del golpe.

 

Pero yo seguía sin escuchar la radio, veía los domingos por la tarde a los padres, solos o acompañados de su santa esposa, escuchando el fútbol con la radio pegada a la oreja. Pero a mi padre ni le gustaba el fútbol ni la radio –decía que no le dejaba pensar–, y yo, en el fútbol no, pero en la radio quería imitar a mi padre. El giro del odio al amor no comenzó escuchando sino haciendo la radio: imitando en un estudio muy pequeño de Radio Trabuco a Fraga, Carrillo y Felipe González. A partir de ahí me fui enganchando a escuchar y a hacer radio, excluidas, por supuesto, las radionovelas.

Si no llega a existir la radio y los ‘Clásicos Populares’ de Fernando Argenta posiblemente nunca hubiera llegado a disfrutar la música clásica. Les recomiendo que escuchen a su digno sucesor Martín Llade en ‘Sinfonía de la Mañana’ de Radio Clásica.

Volvería a hacer radio en la Ciudad Universitaria de Madrid (con el programa ‘El Criticón’ en Radio Saigon) y en otra vez en Radio Trabuco con el programa ‘La puerta de atrás’, y ya para entonces me había empapado de mucha radio: madrugadas electorales, programas deportivos como el de Jose María García, de cine como el de Carlos Pumares o de música como la mítica Radio 3.

Sin embargo, y creo que estarán de acuerdo conmigo, más allá de locutores célebres o de programas famosos, la verdaderas historias de la radio que cada uno lleva en su íntima memoria están unidas a momentos y lugares determinados. En mi caso, y para que vayan excitando sus propios recuerdos, nunca olvidaré la retransmisión de las campanadas de fin de año en la cadena SER, en Boston, rodeado de españoles, y a la seis de la tarde.

Y no solo paréntesis puntuales y especiales de nuestra vida, sino rutinas que ha ido calando a lo largo de los años y donde la radio suele ser la banda sonora: amaneceres retozando todavía entre las sábanas, o paseando camino del trabajo, o de ruta senderista o ciclista de fin de semana.

La radio fue hecha para espíritus solitarios, para conductores que atraviesan caminos, autovías, carreteras, devorando kilómetros, noches, tardes, madrugadas: con la única compañía de voces aterciopeladas, de cantos de sirena que te abrazan sin que por ello tengas que abandonar el escondite gozoso de la soledad buscada.

A veces me retiro al campo para escribir, allí no hay televisión, ni Internet, solo un aparato de radio. Cuando ya es muy tarde y estoy cansado de apilar palabras una detrás de otra, enciendo la pipa, la chimenea…, y la radio: les aseguro que en ese momento no me cambio por nadie en el mundo.

Muchos auguraban el fin de la radio con las nuevas tecnologías y las redes sociales. Nada más lejos de la realidad: la radio se ha hecho accesible a través de un móvil que, por suerte o por desgracia, llevamos siempre con nosotros. Es más, gracias a los nuevos ‘podcast’ podemos escuchar lo que pudimos hacerlo en directo; eso sí, no es lo mismo, la frescura y la viveza de la radio en vivo y en directo siempre dará más compañía y será insustituible; pero al menos no podremos lamentarnos de no poder haber escuchado nuestro programa favorito.

Ahora mismo estoy escuchando al Ciudadano García en Radio Nacional, al igual que es casi seguro que el próximo fin de semana escucharé a Pepa Fernández –también en Radio Nacional–; pero seguiré saboreando la radio ya escuchada, ya vivida, y les invito a que también lo hagan ustedes, a que buceen en sus memorias radiofónicas, porque todos tenemos nuestras particulares historias de la radio, aquellos que han envuelto con papel de celofán los regalos imborrables de la memoria agradecida.

No les puedo obligar a dormir la siesta, allá cada cual, pero sí recomendar que además de leer este periódico escuchen la radio; es más, ya puestos, hagan las dos cosas al mismo tiempo.

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