VILLA MAYA

3 de Julio del 2018 a las 17:41 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 3/07/2018www.diariosur.es/opinion/villa-maya-20180703211921-nt.html

Las mañanas de julio en el Limonar son frescas y apacibles, a ello contribuye la profusa arboleda y que no hay clases en los colegios cercanos. Llego hasta el número 19 de la calle República Argentina: allí sigue, Villa Maya, aparentemente sin muchos cambios desde aquel otro julio del 36, hace más de 80 años, aunque es evidente que los años no pasan en balde: le vendría bien una mano de pintura; la cubierta de teja plana, que tanto encanto le da, está un poco curvada; hay restos de poda en el jardín y el buzón está lleno de publicidad.

Curioseando la vida de George, el inglés del cruce, el padre de Marjorie Grice-Hutchinson, para un publicación sobre el Cementerio Inglés de Málaga, descubrí que muchas de las personas a las que les salvó la vida George, llevándolas a Gibraltar en su yate ‘Honey bee’, habían salido de aquella casa.

Es curioso, muchos pasamos todos los días por esa casa; muchos vamos camino del instituto, del centro de salud, del supermercado… y apenas nos hemos fijado en esa sencilla y pequeña construcción de una sola planta; sin embargo, por ella entre pasaron en medio año, entre julio del 36 y febrero del 37, más de quinientas personas que salvaron su vida gracias al esfuerzo, la valentía y el arrojo del cónsul de México en Málaga, Porfirio Smerdou.

 

Resulta increíble pensar, y lo sabemos gracias a la investigación del profesor Antonio Nadal, citado por el periodista Diego Carcedo en su historia novelada ‘El Shindler de la Guerra Civil’ (Ediciones B, 2003), que llegaron a convivir en esa casa más de cincuenta personas al mismo tiempo, durmiendo en cualquier trocito de suelo, incluyendo por supuesto los pasillos.

Resulta increíble imaginar la meticulosa organización para hacer uso del cuarto de baño, para que todos desayunaran, almorzaran y cenaran en tan reducido espacio. Incluso llegaron a tener un horario de servicios religiosos, incluso se llevaron a dormir a la casa de al lado a los niños más pequeños para que se pudiera dormir algo.

Es evidente por tanto, por increíble que parezca, que si Villa Maya hubiera sido refugio de judíos en la Alemania nazi, o en cualquiera de los territorios ocupados por Hitler, ya se habría hecho más de una película que narrara esta hazaña. Pero no es la casa de Ana Frank, no es la casa de ‘El pianista’, no es el campo de concentración de ‘La vida es bella’: es sencilla y llanamente Villa Maya, en el Limonar de Málaga.

Los propios refugiados hacían los turnos de vigilancia a cada hora del día: ahora un seto crecido impediría esa labor de seguridad, y los únicos y estáticos vigías son los cuatro árboles que la rodean en sus cuatro puntos cardinales: un pino, una araucaria, un ciprés y una palmera.

Resulta increíble, viendo el buzón lleno de publicidad, que Porfirio organizara, en una Málaga sitiada por fuera por las tropas nacionales, y por dentro por la locura de los comités revolucionarios, toda la correspondencia de los refugiados a través de valijas diplomáticas enviadas por barco a Gibraltar, hasta tal punto que el irónico cónsul británico lo bautizara como el Porfirio´s Mail Service.

Porfirio Smerdou fue el primero en organizar en Málaga un intercambio de prisioneros entre la República y los nacionales. Al final, cuando también era el representante consular de Argentina y Málaga ya había sido tomada por las tropas nacionales, salvó la vida a siete republicanos –con la complicidad del doctor Gálvez Ginachero– trasladándolos, disfrazados de parturientas, desde el consulado argentino hasta la clínica del citado doctor. Porque a Porfirio le daba igual el signo político, lo único que tenía claro es que nadie tiene el derecho de quitarle la vida a nadie…, y ello le costó su puesto de vicecónsul y que incluso fuera investigado judicialmente por la nueva España franquista.

Como ya he dicho en más de una ocasión, no soy muy partidario de remover heridas con estériles memorias históricas, pero, desde luego, si hay que agitar una y otra vez la memoria debería ser para sacar a colación personas como Porfirio, lugares como Villa Maya.

Decía el otro día Ruiz Povedano que en Málaga debería haber leyendas, anotaciones, placas que vayan señalando la historia de cada rincón de esta milenaria ciudad. No le falta nada de razón. Por eso sé que Ruiz Povedano estará de acuerdo conmigo en que Villa Maya debería tener alguna referencia que contara en su puerta todo lo que se vivió dentro de sus muros. Es más, hasta podría ser visitable. La visita, o el correspondiente documental o película, tendría banda sonora: el Himno de los refugiados que fue compuesto por uno de ellos mientras permanecía dentro de la casa.

Los más de quinientos refugiados quisieron comprar después de la guerra Villa Maya para regalársela a Porfirio, pero finalmente no lo hicieron: Porfirio Smerdou murió con 96 años en 2001, en El Escorial. Quizás sería el momento de retomar la idea de comprar Villa Maya entre todos los malagueños.

 

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LA MUERTE Y LA NOVENA

15 de Mayo del 2018 a las 20:49 Escrito por Jaime Aguilera

 Publicado en Tribuna de Diario Sur el 15 de mayo de 2018

http://www.diariosur.es/opinion/muerte-novena-20180515000717-ntvo.html

La novena sinfonía de Beethoven, el conocido como ‘Himno a la alegría’: esa fue la música escogida.

Hace unos días, el científico australiano David Goodall, en un detalle que muchos considerarán sacrílego, decidió cuál iba a ser ’su última cena’: pescado frito con patatas y pastel de queso. Lo hizo no acompañado de sus discípulos sino de su familia, de sus nietos. Justo después comenzó a sonar la novena sinfonía de Beethoven y se tumbó en una cama de una clínica de Basilea, en Suiza. Un médico le colocó una vía intravenosa en el brazo y el mismo paciente se encargó de abrir una válvula que dio paso a un potente sedante que en altas dosis detiene los latidos del corazón. David Goodall se quedó dormido en pocos minutos y luego falleció. Tenía 104 años y no sufría ninguna enfermedad terminal.

Goodall, profesor e investigador asociado honorífico de la Universidad Edith Cowan de Perth (Australia), ya fue noticia hace dos años cuando su universidad le pidió que dejara de trabajar -con 102 años- alegando los riesgos para su seguridad derivados de sus desplazamientos. Al final la presión social consiguió que siguiera con su pasión investigadora.

El escritor y filósofo Albert Camus, que por cierto muere prematuramente en un accidente de tráfico, se planteó en su famosa obra ‘El mito de Sísifo’ que el ser humano debería hacerse la pregunta moral, existencial, de por qué seguir viviendo, por qué no suicidarse. Igualmente, Nemesio, el protagonista en la ficción de mi última novela, se plantea que la primera decisión una vez alcanzada la mayoría de edad sería decidir si queremos seguir viviendo. Lo más normal es que se quiera seguir exprimiendo cada día que amanece; es más, puede que el propio planteamiento radical de hacerse esta fatídica pregunta no sea sino un gran acicate para aferrarse a la vida. Sea como sea, que las personas nos podamos hacer esta pregunta es, como mínimo, colocar al hombre en una posición que no gusta a las religiones, porque al fin y al cabo lo superpone a cualquier deidad, de ahí que se prohibiera enterrar a los suicidas en suelo sagrado. Pero eso no le quita ningún ápice de legitimidad, de máxima expresión de libertad individual de la condición humana. Si somos los únicos seres vivos con la conciencia de la muerte, en lógica consecuencia debemos decidir libremente si queremos o no seguir viviendo.

Y eso significa no tener que morir cometiendo, como ocurre en la mayoría de países, un delito de suicidio, obligando por ende a morir en la clandestinidad, en las fronteras exteriores de la ley.

Dos años después de que le permitieran continuar en la universidad las fuerzas de Goodall se han agotado. Sus palabras no pueden ser más clarividentes: «No soy feliz. Quiero morirme. No es particularmente triste. Lo que es triste es que me lo impidan. Mi sentimiento es que una persona mayor como yo debe beneficiarse de sus plenos derechos de ciudadano, incluido el derecho al suicidio asistido».

¿Cómo negarle el derecho a una persona que seguía trabajando con 104 años? Es cierto que hay siempre un componente egocéntrico en esa decisión, ¿pero acaso la gran mayoría de nuestras decisiones vitales no nacen de nuestra voluntad más unívoca y por tanto ciertamente egoísta?

Les invito a una reflexión y a una respuesta que nazca desde su honestidad y su generosidad: imaginen a un familiar cercano, o sencillamente a un buen amigo, que ha superado el siglo de existencia, que ha llevado una vida plena, llena, como casi todas, de alegrías y de tristezas, pero plena al fin y al cabo. ¿Qué le responderían si les pidiera su aquiescencia para poder abandonar este mundo? Piensen en los nietos que acompañaron a Goodall en la cena, con toda seguridad se despedían con tristeza de un abuelo irrepetible, único, al que a partir de entonces echarían de menos; sin embargo, al mismo tiempo estaban respetando el propio deseo legítimo de una persona que hasta el último momento ha estado aspirando la vida a borbotones: ¿es recriminable su actitud de no oponerse frontalmente a la decisión de su abuelo?

Por último, les invito a un ejercicio mental. Imaginen que llegan a una provecta edad centenaria, que ya han hecho todo lo que querían hacer, que han perdido la ilusión por seguir viviendo. Piensen por un momento el menú de su última cena, las personas que les van a acompañar y la música con la que comenzarán a desfilar los títulos de crédito de su propia biografía, una biografía de la que han sido dueños hasta el último momento.

Desde luego, la elección musical de Goodall no fue casual: ya se sabe que el genio sordo de Bonn no quería que su novena fuera un himno a la alegría. La concibió como un himno a la libertad.

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CÓNCLAVES

10 de Abril del 2018 a las 18:59 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 10 de abril de 2018

 http://www.diariosur.es/opinion/conclaves-20180410002614-ntvo.html

Leo el periódico y me encuentro con un gran titular y dos noticias antagónicas. En la portada se escribe que los jubilados han tomado la calle pidiendo pensiones dignas. En la sección de internacional se resalta en titulares que los dos grandes partidos de Alemania (la izquierda y la derecha) reeditan otra vez el gran pacto para formar gobierno. Por último, en la sección de política nacional se me informa que el partido socialista abandona la comisión parlamentaria del llamado pacto educativo.

Estoy seguro de que compartiré con muchos de ustedes una sana envidia por los germánicos que, por encima de intereses cortoplacistas y electoralistas, son capaces de superar barreras ideológicas y llegar a acuerdos que, como ocurre en cualquier negociación, no está exenta de renuncias y de sacrificios por ambas partes; porque por encima hay un objetivo que se germina con la semilla de buscar un interés común de todos los ciudadanos teutones, un mínimo sentido de Estado que se presupone en cualquier dirigente político, cosa que parece ser cada vez más brilla por su ausencia en los políticos de nuestra piel de toro.

Me preocupa muchísimo que en este país no haya todavía un gran pacto nacional del agua. Un bien escaso que va a determinar nuestra forma de vivir en las próximas décadas y del que, aunque muchos lo quieran ocultar, depende el futuro de todos: desde la agricultura hasta el turismo, desde el que vive en el campo hasta el que vive en la ciudad.

Me preocupa muchísimo -porque me toca muy de cerca- que en este país no haya todavía un gran pacto en contra de la violencia sobre la infancia, que ha quedado relegada por su hermana la violencia de género, igualmente preocupante, pero que ocupa portadas que la violencia contra un niño sólo lo hace si se escribe con la tinta roja de la crónica de sucesos (es el caso de la triste muerte de Gabriel de Almería), pero que permanece impune sin leyes ni juzgados específicos, sin medios…, sin eso: sin un gran pacto nacional.

Sin embargo, la radiante actualidad me obliga a volver a dos grandes pactos de Estado de los titulares de prensa: la educación y las pensiones.

Cuando por fin se había creado una comisión parlamentaria para hacer unas leyes educativas que no se cambien si lo hace el partido que gobierna, que tengan en cuenta que la educación es la mejor inversión posible, la que garantiza el futuro de una sociedad. Cuando por fin se había creado una comisión para hacer unas leyes que refuercen al maestro como figura de autoridad, que tengan en cuenta los yacimientos de empleo y la formación integral de la persona. Pues bien, cuando por fin nos habíamos puesto de acuerdo para sentarse y hablar, ahora resulta que a las primeras de cambio el partido socialista, arguyendo únicamente que no se pone encima el dinero que ellos piden, coge y como niño pequeño se levanta de la mesa y se lleva su pelota para que no sigamos jugando, cuando es tanto lo que nos jugamos. Lo dicho: así nos va.

Y otro tanto ocurre en algo tan crucial como las pensiones: uno de los pilares del Estado de bienestar que tanto llevamos a gala en el mundo entero. Y aquí todavía es peor: desde los famosos y fructíferos Pactos de la Moncloa de la Transición, el único acuerdo que se elevaba por encima de los partidos políticos era el llamado Pacto de Toledo. Pero ha llovido mucho desde que nos pusiéramos de acuerdo en 1995 sobre quince orientaciones básicas para hacer digno y sostenible este gran logro. Casi un cuarto de siglo en el que los ciudadanos han tenido la tranquilidad de que iban a tener unos ingresos más o menos suficientes desde que se jubilaran hasta que fallecieran: nada más, y nada menos. Pues bien, en lugar de sentarse a forjar otro gran acuerdo para las próximas décadas, unos y otros se dedican a bajar al fango político y electoralista en un tema tan delicado y trascendental. Unos no percibiendo de que algo hay qué hacer, de que el sistema no es sostenible en el futuro más inmediato. Y los otros aprovechando el momento para hacer ocurrencias de cara a la galería o, peor aún, lanzando a la calle a los jubilados para pescar en río revuelto.

La palabra ‘cónclave’ (’con llave’) designa a los cardenales que, literalmente, se encierran bajo llave: la puerta no se abre hasta que se elige pontífice y sale el humo blanco por el tejado vaticano.

Pues bien, se hace necesario, de una vez por todas, un cónclave en la comisión del pacto educativo y otro en la del Pacto de Toledo. Dos cónclaves que encierren bajo llave a sus señorías e impida abrir las puertas de los leones del Congreso hasta que no lleguen a un acuerdo, aunque sea de mínimos.

Ya está bien.

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LA PROVINCIA, MENTIRA ELECTORAL

11 de Febrero del 2018 a las 21:48 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Sur el 11-02-18

 

Copiando el modelo francés de las prefecturas, y ojo, mediante una simple circular, Javier de Burgos creaba en 1833 un Estado centralizado dividido en las 49 provincias que hay en la actualidad -salvo Canarias, que se crea en un principio como una sola-. Fue un trabajo de cartografía y, por tanto, artificial: tenían que ir poniendo la punta del compás en la ciudad más poblada, y a partir de ahí -respetando latifundios- establecer un radio en el que el punto más lejano pudiera ser accesible en coche de punto o diligencia en el mismo día, sin necesidad de pernocta. Fue así como, por poner nuestro ejemplo más cercano, Ronda, con lazos históricos con Sevilla, o Antequera, con grandes querencias tradicionales hacia Granada, pasaron a formar parte de la nueva provincia de Málaga.

A partir de entonces habrá un «gobernador provincial» y esta división se mantendrá en la II República y en el franquismo. Es más, nuestra Constitución del 78 vigente considera a las provincias piezas básicas de la organización territorial de España (artículo 141), base de las circunscripciones electorales (artículo 68) y, agrupadas o de forma uniprovincial, unidades que van a ir conformando las comunidades autónomas (artículo 143).

La pregunta que nos asalta hoy en día es clave: ¿de verdad un diputado, un senador o un parlamentario autonómico representa a la provincia que le ha conferido el mandato representativo democrático? La respuesta a nadie se le escapa: para nada.

En los Estados Unidos de América un senador representa a un estado, es cierto que responde a una ideología y ha sido elegido generalmente bajo el paraguas de un partido político. Pero si hay una contradicción clara entre los intereses de su estado y los intereses del partido, el senador no dudará: su voto irá en contra de lo que propugne su partido. En Gran Bretaña los parlamentarios abren una oficina en su condado, escuchan a sus electores y responden ante ellos, por encima de su propio partido si es necesario.

En España no ocurre lo mismo, se votan listas cerradas en el Congreso de los Diputados y en los parlamentos autonómicos (la lista abierta de un Senado inútil excepto para el famoso 155 de poco sirve). Si preguntamos a cualquier ciudadano si conoce a los parlamentarios que han salido elegidos gracias a su voto la gran mayoría desconocerá su nombre y apellidos, los mismos que venían en la papeleta que introdujo en la urna.

Después de varias puñaladas traperas internas el político se colocará en un buen puesto en la lista, y si consigue salir elegido para lo único que le servirá la provincia por la que ha salido elegido es para cobrar las oportunas dietas: porque a partir de entonces lo importante es lo que le mande votar el partido, incluso multándole si se aparta de esta disciplina de voto.

Curiosamente la única institución que representa a la provincia (la Diputación Provincial) se va a elegir de forma indirecta en las elecciones locales. Y serán éstas, las que van a conformar los ayuntamientos, las que sí mantienen una correspondencia clara entre circunscripción y jurisdicción, y de ahí que puedan salir alcaldes, con total legimitidad, de candidaturas independientes o de partidos minoritarios.

Y algo parecido va a ocurrir también en las elecciones europeas, donde la única circunscripción nacional dará escaños a personajes como un Ruiz Mateos que, de haber mantenido la división provincial, jamás hubiera obtenido representación.

Pero, en términos estrictamente democráticos, parece más justo -aunque a mí sea el primero que no me hace gracia- que se respete la voluntad de miles y miles de ciudadanos que han votado al empresario difunto de la abejita de Rumasa. Insisto: parece eso más justo a que no haya ningún miembro del Partido Animalista en el Congreso a pesar de haber obtenido casi trescientos mil votos en las últimas elecciones al Congreso de los Diputados.

Si a todos se nos llena la boca con que la soberanía reside en el pueblo español, parece más justo un diputado del Partido Animalista a la sobrevaloración de partidos nacionalistas que solo se presentan en una parte del Estado y que, sin embargo, condicionan y chantajean al Gobierno de la nación.

Y si hablamos de elecciones autonómicas véase el ejemplo reciente de Cataluña: parece más justo que la mayoría ganadora de votantes no independentistas tuviera esa mayoría en el Parlament.

Sin entrar en diseccionar el sistema legal D’Hondt, el juego de cocientes que reparte los escaños, y que daría para otro artículo, es evidente que la partitocracia seguirá existiendo mientras haya listas y disciplina de voto. Pero no es descabellado pensar que con una única circunscripción nacional en elecciones generales, o una única regional en las autonómicas, la voluntad de los votantes correrá mucho más pareja a la distribución final de los escaños.

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ENTREVISTA EN “LA OPINIÓN DE MÁLAGA”

8 de Enero del 2018 a las 22:06 Escrito por Jaime Aguilera

http://mas.laopiniondemalaga.es/eventos/libros/jaime-aguilera-ha-sido-un-salto-de-registro-radical/

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ÁRBOLES, SIEMPRE ÁRBOLES

4 de Enero del 2018 a las 20:25 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 4 de enero de 2018

http://www.diariosur.es/opinion/arboles-siempre-arboles-20180104010940-ntvo.html

Lo único que tenía claro es que no iba escribir nada sobre Cataluña. Pero no encontraba ninguna alternativa temática. Acababa de ’salir del horno’ mi última novela -’Fluidos corporales’- y un conocido me espetó el clásico comentario: ya tienes hijos, así que sólo te falta plantar un árbol. Ya he plantado unos cuantos, pensé, pero únicamente le contesté con una amable sonrisa. Es más, precisamente me disponía a ir en ese momento a un vivero en busca de dos pistachos, uno macho y uno hembra, para que uno polinice y el otro produzca frutos. La guinda la puso Radio Nacional mientras conducía: emitían un reportaje sobre el árbol de Guernica: el roble, mejor dicho, todos los robles, que habían sido santo y seña para la nación vasca.

No había duda, como tantas y tantas veces, no había encontrado el tema de disertación; más bien al contrario, el tema me había encontrado a mí.

Me vinieron a la mente los primeros árboles que recuerdo con cariño, los de mi niñez. Las moreras que flanqueaban cualquiera carretera y que nos hacían parar con emoción, porque ya teníamos sustento para nuestros gusanos de seda. Un ciruelo de mis padrinos, en el Llano de Zafarraya, con unos frutos amarillos, carnosos y dulces que en verano estaban al alcance de tu mano o de tu capacidad para trepar por él. Los pinares trabuqueños que cosen las faldas de sus coquetas sierras. Los tilos decadentes y los plátanos de sombra hospitalarios del balneario de Alhama de Granada. Y los olivos, siempre los olivos, a los que nos llevaba mi padre un domingo que para él era un día más de recolección, pero que para nosotros era un excursión campestre donde había mucha gente, tractores, fardos, varas, junto a unas vías de tren en la estación de Riofrío.

Y me hice mayor, y comencé a escribir artículos para prensa. Y curiosamente el primero de todos, al que siempre se le tiene un especial cariño, se tituló ‘A un álamo negro hendido por la grafiosis’: era un canto de dolor por todos los álamos que morían en sitios tan importantes para mí como la Alhambra y los Alazores.

Y me di cuenta que con veinte años ya echaba de menos mi infancia, porque los primeros árboles que planté fueron un abeto, como el que se adornaba en la plaza de mi pueblo en Navidad; un tilo y un plátano de sombra, como los del balneario; y un olivo centenario que fue salvado de su propia extinción y que en el traslado perdió uno de sus dos pies: un olivo, siempre un olivo.

Y nació mi hijo coincidiendo con las Olimpiadas de Atenas, y se plantó en su honor un victorioso y mitológico laurel. Y nació mi hija después de que quisieran que no viviera, y comenzó a crecer con dedicatoria un ciprés enhiesto que venció a la muerte.

Y viajé por el mundo, y me impresionaron los bosques urbanos, recios y civilizados, de un frío Madrid. Un Madrid que me sorprendió con casi todas sus calles arboladas: porque siempre lo digo, la calle más fea del mundo, si se flanquea con árboles, inmediatamente deja de ser la más fea. Un Madrid con su Parque del Oeste, su Ciudad Universitaria, su Casa de Campo y su Retiro; con un maravilloso y antiguo jardín botánico donde estaban todos los árboles del mundo, y donde después se incorporarían, gracias a la colección de un presidente de gobierno, la réplica de todos esos árboles en miniatura.

Y más tarde me fui a la coste este de los Estados Unidos, y lo primero que me viene siempre a la memoria son sus árboles amarillos, rojos y ocres en un otoño de ensueño, y me vuelvo a ver en una tarde caduca, en una cabaña en mitad de un bosque de colores donde suena un piano con una melodía de película. Otoños de arces y hayas. Y veranos en bosques de Hampshire y de Yorkshire que te hacen olvidar en calor sofocante de tu tierra, que casi te insultan con su orgullosa envergadura y su apabullante verdor. Y veranos en la Toscana que me llevan no solo a colinas con cipreses, sino que me trasladan también, sobre todo, a un monasterio de Monte Senario donde uno es capaz de escuchar el silbido silencioso del bosque antiguo.

Y definitivamente me convertí en un paseante que necesita árboles en su caminar, con mar o con montaña, en invierno o verano, en otoño o primavera, con lluvia o con niebla. Pinos, cipreses y acebuches en el Morlaco malagueño; ficus, algarrobos y robles de fuego en el Cementerio Inglés; jacarandas y naranjos en las calles sevillanas y malagueñas; olivos, quejigos, chaparros, fresnos, espinos, cornicabras y nogales en los Alazores.

Estaba llegando ya al vivero, había un árbol de Navidad de mentira en la puerta. Mala suerte, el encargado me dijo que se habían terminado los pistachos, que no llegarán hasta febrero.

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PRESENTACIÓN 3ª NOVELA

6 de Diciembre del 2017 a las 9:53 Escrito por Jaime Aguilera

Estáis todos invitados a la presentación de mi nueva novela “Fluidos corporales” el próximo 17 de Diciembre en el Cementerio Inglés.

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LA SIRENITA MALAGUEÑA

4 de Noviembre del 2017 a las 18:02 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Sur el 4/11/17

http://www.diariosur.es/opinion/sirenita-malaguena-20171104004041-ntvo.html

Tenía muchas ganas de ir. Y al final encontré un hueco para visitarla: la Farola de Málaga cumple doscientos años y bien que se merece una exposición como la que se abrió la semana pasada en el Aula del Mar, Museo Alboraina. Si Málaga existe es por su bahía, si los fenicios decidieron instalarse en ella, si decidieron convertir así a Malaka en una de las ciudades más antiguas de Occidente, fue por su mar y su clima: acogedores y hospitalarios ambos dos.

«Aquí no llega el frío, ni la nieve, y corren apacibles de continuo los marítimos céfiros suaves a recrear los hombres dulcemente». Estas palabras no están atribuidas a un turista europeo del siglo XXI sino a un griego -Homero para más señas- de hace casi tres mil años -ahí es nada-. Y reflejan desde un principio, desde hace tres milenios, la esencia de la ciudad: lo benigno de su clima y su mar. Bien es cierto que no le contaron a Homero los contados días donde sí ha nevado desde entonces, o aquellos más numerosos donde el terral ha convertido a la ciudad en un infierno: sencillamente no se lo contaron a Homero porque son las excepciones que confirman una regla.

Y si Málaga existe gracias a su clima, este no sería posible sin su mar. Y si hay un símbolo que represente todo lo anterior, no cabe duda, ese es su Farola.

Cuando alguien visita mi casa, especialmente si no supera los doce años, disfruto jugando a adivinar cuando será el próximo parpadeo de la Farola. En las cartas marinas aparece 3+1 destellos cada veinte segundos. Yo lo transformo en cinco segundos, destello fuerte, destello medio, destello suave, cinco segundos, destello… y así voy adoctrinando a pequeños grumetes de tierra adentro, y les digo que si es de día se fijen en el monte de San Antón, en «las dos tetas de Málaga», y se ríen con malicia…; pero les advierto que si alguna vez se pierden en el mar, en la noche…, que cuenten los tres destellos seguidos y después el único, y entonces sabrán que están en Málaga, porque esos destellos no pueden venir de otro sitio que de la Farola de Málaga.

En los miles de kilómetros de la costa peninsular española solo hay un faro con nombre de mujer: nuestra Farola (la otra hay que buscarla en territorio insular: en Santa Cruz de Tenerife). Porque no podía ser de otra forma: una ciudad milenaria, coqueta y zalamera como Málaga tenía que tener como símbolo a alguien con género femenino.

Hay varios símbolos universales de ciudades que están en su bahía (La neoyorquina Estatua de la Libertad o el Golden Gate de San Francisco, por ejemplo). También el símbolo universal y portuario de Copenhague es su sirenita, invención de un ilustre visitante de la ciudad, Andersen, que también se enamoró también de nuestra Farola. Todo lo anterior me lleva a proponer que entre ‘El Cenachero’ y ‘La Farola’como reconocidos símbolos de Málaga, yo, sin lugar a dudas me quede con la Farola: nuestra sirenita malagueña.

La Farola en una sirena novia de Málaga, una novia que existe desde hace poco, no llega ni a un cuarto de milenio, y por eso no ha visto a los marineros fenicios, griegos, bizantinos o musulmanes, ni al Gran Capitán embarcar con infantes y caballos rumbo a Italia, ni a Velázquez camino de Roma, ni al rey Felipe IV. Por el contrario, nuestra Farola sí ha sido testigo, en 1831, del fusilamiento de Torrijos y sus hombres a su poniente; del incendio y hundimiento en 1859 del vapor Génova a su verita, en el mismo puerto; de las visitas reales de Isabel II, embarcando rumbo a Almería a bordo del vapor Isabel y de Alfonso XII, que es recibido por la Farola a bordo de la fragata Victoria. La farola ha sido testigo de guerras, ha llorado con los muertos y los heridos que regresaban de las sangrías del norte de África; y le han apagado su luz en la Guerra Civil mientras fue republicana. La farola ha aguantado estoicamente temporales y tempestades en un Mediterráneo con una rabia muy ocasional pero no menos rubicunda, tanto que hunde en 1900 a la fragata imperial alemana Geissneau, que rechaza su protección en la tormenta.

La Farola, en definitiva, ha visto como en doscientos años se ha ido transformando la ciudad y su puerto, como se ha ganado tierra al mar para el Parque, como se ha construido el dique de Levante, el Muelle Uno, el Palmeral de las Sorpresas.

Todo ha ido cambiando hasta tal punto que ya ni siquiera necesitan su luz los marineros: los gepeeses y toda la tecnología actual la hacen innecesaria. Sin embargo, su luz no se debería apagar porque hay muchas personas que necesitamos seguir alimentándonos de su luz no para nuestro barco -que no tenemos- sino para nuestra alma: por eso les invito a que antes que termine el mes de septiembre visiten esta exposición en el edificio de la autoridad portuaria.

Y por supuesto les invito igualmente a que, cuando llegue la noche, se dejen llevar por la protección de la luz intermitente de la Farola de Málaga, nuestra particular sirenita malacitana, que acompaña sus noches tibias con su canto silencioso de destellos de luz en el horizonte.

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CONFERENCIA SOBRE EL CEMENTERIO INGLÉS DE MÁLAGA EN LA SALA MAYNAKE

26 de Octubre del 2017 a las 4:39 Escrito por Jaime Aguilera

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El 155 y un Senado inútil

26 de Octubre del 2017 a las 4:20 Escrito por Jaime Aguilera

 Publicado en Tribuna de Diario Sur el 25 de Octubre de 2017

http://www.diariosur.es/opinion/senado-inutil-20171025010344-ntvo.html

Había sido mi asignatura preferida, lástima que la profesora de nombre rancio castellano -Fuencisla- no había acompañado demasiado a unos contenidos tan atractivos que repasaban la teoría de nación y, sobre todo, la historia del constitucionalismo español. Cuando se acercaba ya la finalización del curso académico me ofrecí a presentarle un trabajo para subir del notable alto al sobresaliente: la reforma del Senado español.

Después de días intensos de trabajo, de lectura de bibliografía y de sesuda redacción salieron a la luz nada más y nada menos que alrededor de ochenta páginas analizando el origen, las funciones y el futuro de nuestra Cámara Alta. La conclusión era clara: el Senado definido en el propio texto constitucional como cámara de representación territorial era inexistente; o sea, o se hacía un reforma constitucional o seguiríamos con una cámara irrelevante que sólo actuaba como asamblea de segunda lectura sin derecho de veto alguno.

Ni siquiera se podía hablar de la única excepción donde emergía un Senado que sí se parecía al modelo alemán del que había sido copiado: el artículo 155. En ese momento sí, en el hipotético caso de comunidad autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al presidente de la comunidad autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podía adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones.

Pero, claro, era una excepción tan débil que terminaba por confirmar la norma. En el momento en el que estaba redactando mi trabajo la Constitución había superado los diez años, ya era entonces una de las más longevas de la historia de nuestro país. Tan sólo cabría su aplicación -con una ETA que seguía asesinando- si la entonces Herri Batasuna accedía al poder en el País Vasco, pero ahí estaba el propio Partido Nacionalista Vasco, e incluso el Partido Socialista Vasco, para impedirlo. Conclusión: el Senado no servía de nada porque, total, el único artículo donde sí tenía algo que decir, el 155 que no conocía nadie, no se iba a aplicar nunca.

En lógica coherencia con mis conclusiones dejé de votar a ningún partido en el Senado; eso sí, siempre introducía mi papeleta, nunca me abstenía, pero incluso en una ocasión introduje mi papeleta nula con la frase «Senado supresión».

Quién me iba a decir a mí que treinta años después el citado artículo iba a estar en boca de todo el mundo, en todos los bares, en las tertulias de todos los medios de comunicación, en las comidas familiares y, sobre todo, como constatación definitiva, en los memes de los grupos de whatsapp. Y lo peor no es que se hable, sino que se ha tenido que utilizar, y no precisamente para el País Vasco, sino para una Cataluña donde ha desaparecido un nacionalismo que servía de aliado a la izquierda y a la derecha en Moncloa, un nacionalismo que, no lo olvidemos, hizo hablar catalán en la intimidad hasta al propio Aznar.

Para el apoyo a la aplicación del artículo 155 el Partido Socialista ha exigido a cambio que se ponga encima de la mesa el estudio sobre una reforma constitucional. Pues bien, miren ustedes por donde ese sería el momento para hacer del Senado una auténtica cámara de representación territorial. Nos quedamos cortos copiando únicamente del Bundesrat teutón la transposición del ahora famoso 155, y curiosamente en el seno de padres de la Constitución donde no había vascos -que eran de los que se recelaba- pero sí catalanes -y más de uno-, que esos sí eran de fiar porque siempre iba a imperar el famoso seny que llamaban ellos.

No olvidemos que abrir el melón de esta reforma constitucional puede darle la vuelta al calcetín a esta España mía, esta España nuestra. No ya convirtiéndola en una república -la tercera- donde estoy seguro de que sale elegido ‘el ciudadano’ Borbón si es que se decide presentarse como candidato a presidirla. El verdadero nudo gordiano es que la soberanía dejaría de residir en el pueblo español y pasará a estar sedimentada en cada uno de los territorios federados que ‘voluntariamente’ han decidido unirse en una república federal española.

Ese sería el momento donde habría que copiar no un articulito sino prácticamente el texto completo que hoy en día sigue regulando al Bundesrat alemán. Y, ojo, en el hipotético caso de que en este nuevo escenario se tuviera que aplicar el nuevo 155, la mayoría absoluta de la cámara iba a estar sustentada en senadores que están ahí representando a un estado de la república federal española, no a un partido político.

En fin, treinta años después las conclusiones de mi trabajo siguen siendo todas válidas menos una: que era muy improbable que se aplicara el artículo 155. A pesar de ello, Fuencisla no me subió la nota.

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