LOS CAFÉS DE LA MUERTE

29 de Junio del 2017 a las 20:44 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 29 de junio de 2017

http://www.diariosur.es/opinion/cafes-muerte-20170629005300-ntvo.html

Mientras tomó un café, mientras me acaricia la brisa fresca y portuaria de la mañana, leo en el periódico que proliferan los llamados ‘cafés de la muerte’. No piensen que son cafés donde por desgracia se ha realizado un acto terrorista; simplemente son lugares donde la gente se reúne para hablar de lo inevitable, del jinete con guadaña que nos visitará a todos, más tarde o más temprano, pero a todos: de la muerte.

La idea se le ocurrió a un sociólogo suizo Bernard Crettaz, inspirado por rituales católicos como el Día de los Muertos y por recordadas aventuras adolescentes en cementerios. Así nació el denominado Movimiento Café Suizo Mortal. La primera velada tuvo lugar en 2004, en el restaurante de un teatro de la ciudad helvética de Neuchâtel. De ahí en el año 2010 pasó a París, experiencia que recogió el periódico británico ‘The Guardian’. El artículo emocionó al londinense Jon Underwood, que fue el impulsor definitivo de la idea con varios cafés en el este de Londres. En España el primero fue el Hacedor de Charlas, en La Coruña, y desde Galicia se ha extendido a ciudades como Zarautz, Burgos, Gijón, Granada o Talavera.

Vaya por delante que nunca he estado en uno de estos cafés, pero, desde luego, no me importaría. De momento, para ir entrando en materia, les propongo tres ejercicios sencillos que podían ser claramente motivo de tertulia en uno de estos lugares:

Primero.-Visiten cementerios. Hagan el llamado necroturismo. Para muchos de mis fieles lectores es conocida mi afición por los cementerios en general, y por el Cementerio Inglés de Málaga en particular. Aunque sé que a mucha gente le cuesta trabajo, son visitas a lugares bellos y reposados. Pero en este caso, además del alimento de belleza y serenidad que da a nuestra alma, también se añade una inevitable reflexión a nuestra razón: nuestra propia fragilidad. Especialmente en tumbas de personas que murieron muy jóvenes el tempus fugit y el carpe diem de los clásicos cobran en estos paseos toda su verdad. En definitiva, de la visita a un cementerio, además de salir contento por haber visto algo bello, uno sale haciendo la traducción al castizo del latín: a vivir que son dos días, que no es poco.

Segundo.-Hagan testamento. Lo recomiendo como jurista para evitar trámites posteriores innecesarios y mucho más farragosos, además de peleas familiares. Pero ahora no les hablo como leguleyo sino como potencial tertuliano de un café de la muerte. Hagan testamento, no esperen, nunca se sabe. De entrada serán conscientes de que también ustedes -sí, no lo duden- morirán. Da igual los bienes materiales, si son muchos o pocos, o a quién se los dejemos: lo importante es que su última voluntad, no solo la material, habrá quedado fijada delante de un notario.

Tercero.-Hablen de su propia muerte. Una de las cosas importantes que aprendí de mi padre fue que hay que conversar sobre la muerte en general, y sobre la de uno mismo en particular. Todavía recuerdo un cuento que escribí sobre un personaje que observaba con placer su propio entierro. Quizás no me crean, pero me han ayudado en el duelo por su pérdida todo el guión que mi padre fijaba sobre su velatorio y funeral, las instrucciones verbales sobre pequeños detalles que él exigía que acometeríamos -si no era así amenazaba con resucitar y regañarnos-, el humor con el que designaba un marido sustituto para mi madre. Todo ello ha conseguido mitigar en parte el inevitable dolor.

En fin, la muerte da para mucho, desde el principio de los tiempos: su ineludibilidad y la idea de una trascendencia posterior han obsesionado a los seres humanos. Hay un pensamiento de don Miguel de Unamuno que siempre me ha gustado. El viejo profesor decía que cuando nos deja de interesar la inmortalidad, como creencia o como deseo, el arte nos resulta prescindible.

El propio maestro Alcántara, con su tremenda e irónica maestría, nos dice en un poema: «No pensar nunca en la muerte/ y dejar irse las tardes/ mirando cómo atardece./ Ver toda la mar enfrente/ y no estar triste por nada/ mientras el sol se arrepiente./ Y morirme de repente/ el día menos pensado./ Ese en el que pienso siempre».

Y así, con esa sabiduría, está llegando a los noventa años.

En definitiva, de eso se trata, de vivir la vida con toda intensidad, y a eso paradójicamente ayuda mucho ser consciente de la propia muerte. De ahí que me haya atrevido a recomendarles estos tres pequeños consejos.

Confío en que los tertulianos de los cafés de la muerte ya tengan excusa para su próxima conversación. Yo, por mi parte, prosigo disfrutando esta mañana de brisa suave y portuaria. Seguiré disfrutando, mientras viva, con mi café, que está de muerte.

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SAN MESSI Y SAN RONALDO

27 de Abril del 2017 a las 17:28 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Sur el 27/04/2017

http://www.diariosur.es/opinion/201704/27/messi-ronaldo-20170427012345-v.html

El F. C. Barcelona y el Real Madrid se enfrentaron el pasado fin semana, y la ciudad condal se despertaba días antes con un grafiti en pleno paseo de Gracia donde aparecían Messi y Ronaldo besándose como una pareja de enamorados.

Esta noticia me ha llevado a otras dos que sirven de contrapunto y confirmación. El contrapunto es una nueva batalla campal entre padres (no suele haber madres implicadas) mientras sus hijos disputaban un partido de fútbol en categorías infantiles. En esta ocasión ha ocurrido en un partido entre el Alaró y el Collerense, pero hace poco también ocurrió al ladito de mi casa, en las instalaciones de La Mosca.

La otra, la confirmación, es que un estudio, llevado a cabo por la empresa Barlovento Comunicación, ha recogido el número de menciones a personas en los informativos de mediodía y noche de las cinco principales cadenas televisivas en una semana de marzo. Los resultados reflejan que siete de las diez personas más mencionadas son o han sido futbolistas. En primer lugar, cómo no, Messi, le siguen Rajoy y Neimar. Salvo Félix Millet (octavo) y Donald Trump (noveno), los demás proceden del mundo del balompié: Zidane, Ronaldo, Luis Enrique, Bale y Sergio Ramos.

O sea, política, corrupción y fútbol…, no hay nada más: ningún héroe anónimo que haya salvado una vida, ningún artista que haya destacado con una obra, ningún científico que haya descubierto un antídoto contra una enfermedad, ningún empresario que vaya a crear cientos de puestos de trabajo… y ninguna mujer. Nada de eso, los minutos de un informativo que está viendo muchísima gente se consumen entre políticos enfrentándose entre ellos, imágenes y más imágenes violentas (el llamado Estado Islámico es una mina) y para terminar, de postre, una estrella futbolística conduciendo un coche de lujo para ir a un entrenamiento…

Lo único que nos falta -aunque a este paso todo llegará- es saber las veces que ese crack del fútbol ha ido al baño antes de conducir su todoterreno, e incluso si ha mantenido relaciones íntimas con su pareja: todo es importante de cara a que el respetable público conozca el estado físico y psíquico de la estrella de cara a un enésimo partido del siglo de este fin de semana.

¿Y qué podemos esperar después de esta nutritiva parrilla informativa? Pues que el padre meta a su niño en el equipo del barrio para que algún día lo vea llegar en un cochazo a un entrenamiento. Porque -es obvio, pero hay que recalcarlo- nada de esto ocurriría si no hubiera tanto dinero detrás. Porque, pensará más de un padre, lo importante en esta vida, hijo mío, es forrarte, y lo demás son tonterías, así que entrena duro que me han dicho que mañana viene uno del Madrid a ver a los chavales, y si le tienes que poner una zancadilla al vecino del cuarto se la pones, y si tenemos que pinchar una rueda al coche del árbitro lo hacemos, y si tengo que partirle la cara al otro padre que está a mi lado en la grada lo hago…, por supuesto que sí, hijo mío, por ti, y porque te forres, hago lo que haga falta…

Ojo, me encanta el fútbol: ya he dejado de ser «el niño de la banda» trabuqueño con el Atlhetic Plaza o con los Chetes, pero me encanta ver un partido de mi Málaga, y me encanta ver a mi ahijado Luisito correr con el equipo infantil de Parque Clavero. Disfruto con la belleza de un pase al hueco o de una chilena. Y disfruto también con el esfuerzo y el compañerismo que hay detrás.

Pero esto se está yendo de madre, y sobre todo de padre: lo único que hay detrás es la diosa Fama y el dios Dinero. Y en el manual de instrucciones lo único que hay escrito es que «todo vale», incluida sangre y piernas rotas.

Eso sí, no toda la violencia esta permitida: que no se le ocurra a una madre forcejear para quitar un móvil a su hijo para que estudie porque puede terminar en la cárcel. Lo dicho, de locos.

Menos mal que quiero pensar que sigue habiendo muchos padres que lo único que quieren es que sus hijos se esfuercen, se diviertan y respeten al rival; pero claro, éstos no son noticia.

Menos mal que sigue habiendo deportes, como el rugby, donde se matan vivos durante el partido, pero con total respeto a las normas -y al árbitro, incluso si es mujer- y donde después del partido se van a beber juntos los dos equipos.

Menos mal que hay programas de radio, como ‘Esto me suena’ del ciudadano García, donde la sección de deportes de todas las semanas habla de todo menos de fútbol.

En la Edad Media los ídolos sobre los que se escribían en los monasterios eran los santos que tenían el aura sobre la cabeza. Hoy las crónicas hagiográficas solo hablan de San Messi y San Ronaldo y no tienen nada sobre la cabeza, solo un balón de cuero a sus pies, y encima se besan el uno al otro. La cosa es que curiosamente siempre se contrapone con autocomplacencia la oscuridad de la Edad Media con la luz de la actualidad. Y yo digo: ¿seguro?

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MÚSICA PARA CAMALEONES MALAGUEÑOS

21 de Febrero del 2017 a las 18:27 Escrito por Jaime Aguilera

 Tribuna de SUR de 21/02/2017

http://www.diariosur.es/opinion/201702/20/musica-para-camaleones-malaguenos-20170220002715-v.html

El más grande de todos los músicos, Mozart, murió repentinamente, joven y cargado de deudas, y fue enterrado al anochecer del 6 de diciembre de 1791 en el cementerio de St. Marx de Viena, con manto negro y capucha masónica, después de una modesta ceremonia y en una humilde tumba.

Quizás la muerte tan discreta del genio de Salzburgo es una buena alegoría del momento actual en nuestro país de una de las expresiones artísticas, la musical, sin la que no se puede concebir al ser humano.

Porque para muchos gobernantes y -lo peor- para muchos padres, la música es eso: un entretenimiento bonito con el que morirás pobre y tendrás un entierro humilde.

Porque hoy en día, cuando un joven dice que está realizando estudios en un conservatorio superior la pregunta saltará inmediatamente como un resorte: ¿pero te preguntaba qué carrera estudias? Porque la música no es una carrera, no es el axioma, sino el adorno elegante en el currículum vitae.

Se olvida, por desgracia, que hay mucha gente que vive y que puede vivir de la música, y, lo más importante, que serán felices dedicándose a lo que les gusta.

Además, al margen de que de adultos se dediquen o no profesionalmente a la música, la educación musical es, probablemente junto con el deporte, la mejor inversión en nuestros niños y niñas: casi es lo de menos los conocimientos de lenguaje musical y la técnica en un instrumento que adquieran; lo verdaderamente importante es la inoculación en vena de valores tan básicos, y tan necesarios en nuestra sociedad actual como el compañerismo, el respeto, el trabajo en equipo, el aprovechamiento del tiempo, el esfuerzo, el amor por el arte y no violencia (el único sitio donde judíos y palestinos están juntos es en la orquesta de Barenboim, será porque la música amansa a las fieras…). En fin…, casi nada…

Y aquí, una vez más, se hace necesario criticar la vergüenza ajena y la miopía camaleónica de todas las administraciones públicas: la estatal, que sigue sin otorgar un reconocimiento universitario a los estudios musicales de grado superior -cuando triplican en esfuerzo a muchos grados de algunas facultades-, que arrincona con la dichosa reforma Wert los estudios musicales en Primaria y en Secundaria -cada vez es una asignatura más residual-, que margina el bachillerato musical -una de las escasas buenas ocurrencias del sistema educativo-; o la Junta de Andalucía, que año tras año deja a jóvenes sin plaza en conservatorios profesionales de música cuando lo único que quieren es continuar (ojo, voluntariamente, sin que nadie ni ninguna norma les obligue) con una formación musical de cuatro años en un conservatorio elemental; o la local, como el Ayuntamiento de Málaga, que se muestra rácano y clientelar con instituciones musicales sin ánimo de lucro que realizan una labor (ojo, no musical o cultural, sino social) para quitarse el sombrero.

En Estados Unidos, en países centroeuropeos y en algún nórdico son inconcebibles todas las carencias anteriores porque, insisto, lo tienen claro: la música siempre es una buena inversión para una sociedad, tanto en lo material como en lo intangible. Así que, desde luego, si Nerón se levantara de su tumba con su lira, igual quemaba cualquier ciudad de Hispania…

Menos mal que el llamado tercer sector es el que, de nuevo, vuelve a dar la talla. Y así, la Fundación Málaga Musical o cualquier cofradía de Semana Santa son verdaderos catalizadores musicales en Málaga. Son muchas, pero me van a permitir que nombre a las que tengo más cerca: la Banda de las Flores -que está de celebración por su XXX aniversario- y la Coral y la Escolanía Santa María de la Victoria: todas ellas fomentan entre todas las edades, y en barrios en los que hace mucha falta, el amor al arte musical y los valores tan fundamentales que antes hemos reseñado.

Málaga ha sido, es y será cuna de artistas, y los músicos no son excepción. No voy a nombrar a los más conocidos con nombre de mar, de vega o de diosa cazadora: gracias a Euterpe, la musa de la música, no necesitan publicidad. Otros en teoría tampoco la necesitan, todo el mundo conoce y ha pasado por la calle Compositor Lehmberg Ruiz; sin embargo, a pesar de este gran escaparate, muy pocos han escuchado la música de don Emilio. Desde Eduardo Ocón a Tabletom, desde el maestro Artola a El Cojo de Málaga, muchos han desfilado por el parnaso musical malacitano. No obstante, vuelvo a insistir, mi reconocimiento hoy va dirigido sobre todo a tantos y tantos músicos malagueños anónimos que se enrolan en una orquesta, en un coro, en un tablao flamenco, en una panda de verdiales, en una banda, en un grupillo de rock, en una charanga, en un cuarteto de cuerda… en donde sea. Todos ellos, además de disfrutar ellos mismos, hacen disfrutar a los demás; o dicho de otro modo, todos ellos hacen de este dichoso mundo un sitio más habitable.

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ADICTOS

15 de Octubre del 2016 a las 11:25 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 13/10/2016

http://www.diariosur.es/opinion/201610/13/adictos-20161013003324-v.html

Mi amigo Manolo, con el omnipresente cigarro en la boca, me dio la solución un amanecer, en El Gallo Rojo de la Malagueta: Déjate uno., al menos uno., sin leer…

Porque los dos, Manolo y yo, como muchos de los que en este preciso momento estarán leyendo esta tribuna, padecemos la arraigada adicción de tener que leer todos los días el periódico. De ahí el síndrome de abstinencia en los tres días al año que no hay papel fresco en los quioscos -Sábado Santo, Navidad y Año Nuevo-. Desde que me lo dijo Manolo eso es lo que hago: el día anterior me compro varios y dejo uno, al menos uno, en la nevera de los inmaculados, esperando a ser devorado en la aciaga jornada siguiente.

Y es que el vicio a algunos ya nos viene impreso en los genes. Mi abuelo zafarrayero, Salvador el niño Matilde, mandaba a mi madre a recoger sus dos periódicos a la parada del autobús: el ‘Ideal’ y el ‘Patria’. Le encantaba pasar las páginas al lado de la chimenea, a la luz de la bombilla que se ponía dentro del humero para ver como se cocían las morcillas en el tiempo de la matanza. Muchos años después, desconociendo este ritual, y ante el estupor de mi madre, el nieto repitió con enorme fruición este mismo gesto sin saber que lo había heredado del abuelo.

Recuerdo como siendo niño envidiaba al tío de la después sería mi mujer porque estaba suscrito al ABC y le llegaba todos los días a su casa. Yo, para comprarme el SUR, tenía que esperar a una cita médica que me obligaba a bajar a la capital malagueña. Mi madre me lo compraba nada más bajar de Casado en la Alameda. Y me lo leía todo, durante días, hasta las esquelas y los anuncios: entre otras cosas porque a saber cuándo podía comprar otro y porque, además, de esa forma, podía dilatar el placer sensual de acariciar el papel; de oler, una y otra vez, la mágica mezcla de tinta sucia y celulosa barata -placer que, como pueden imaginar, no lo ha podido conseguir todavía el SUR a través de internet.

Después terminé en el colegio mayor madrileño del ‘Chami’, y allí se consumó mi orgía particular del blanco sobre negro. Disponer de una sala con toda la prensa nacional escrita terminó de propagar el maravilloso incendio de la lectura de lo inmediato, de las columnas de Umbral, Burgos, Del Pozo y Alcántara; de las editoriales de Pedro J. en ‘Diario 16′, de las crónicas de Romero y Prego en ‘El País’ o ‘El Independiente’.

Mi padre nunca entendió que hubiera gente como Muñoz Molina o su propio hijo que preferían desayunar solos en una cafetería, sin hablar con nadie, abriendo únicamente la boca para dar los buenos días, absortos en la sosegada ración diaria de lectura periodística, bañados por la luz tamizada e inigualable de una tibia mañana malagueña.

Cuando he vivido en el extranjero me llenaba de satisfacción -y de extraño orgullo patrio- poder comprar ‘El País’ que había llegado al continente americano tan sólo con un día de retraso, o en el mismo día si se trataba de la edícola que había bajando la cuesta de mi casa de Florencia. Y si hablamos de SUR en territorio nacional lo mismo me ha ocurrido, salvando las distancias, cuando lo he comprado en la Puerta del Sol o en cualquier quiosco de Granada.

Hace unos días, pasando los días de verano en el Trabuco, me encontré con Eduardo, el de los futbolines. Llevaba debajo del brazo el SUR, un periódico deportivo y casi noventa años. Me dijo que le había gustado mucho mi última tribuna, que las lee todas. Le pregunté desde cuando lee el SUR, me dijo que desde siempre, que su padre se había suscrito cuando se fundó la rotativa después de la Guerra Civil, que desde entonces en su casa siempre ha habido un ejemplar del diario SUR. En ese momento me acordé también de don Cristóbal, de Villanueva de Tapia, otro fiel lector de quien les escribe que, camino igualmente de los noventa, no ha dejado de leer nunca este periódico.

Al igual que las merecidas entrevistas a nuestros imprescindibles quiosqueros, de la misma forma quizás estaría bien entrevistar también a estos veteranísimos lectores de este periódico que persisten en toda la provincia de Málaga.

Ya me gustaría a mí poder llegar a esa provecta edad con la educación y la elegancia en la mirada, los pensamientos y los recuerdos paseados en mis piernas aún no cansadas., y el SUR debajo del brazo.

De momento me conformo con poder leer algún día estas entrevistas a los que me precedieron en este incontrolable hábito diario de la lectura. Ya saben, entre adictos siempre nos entendemos.

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EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES

21 de Julio del 2016 a las 12:07 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Sur el 21/07/2016 

http://www.diariosur.es/opinion/201607/21/cartero-siempre-llama-veces-20160721012101-v.html

Es una mañana radiante de martes veraniego en Karelia del Sur, aunque aquí, en Finlandia, nunca se sabe, y en cualquier momento se estropea todo con una feroz tormenta. Acaba de llegar el cartero, pero no ha llamado dos veces, ni siquiera una: es más, no trae ninguna carta, ni siquiera de un banco. En la casa no hay nadie, no vendrá nadie hasta dentro de dos semanas. Ha atravesado el jardín y se ha ido directamente al cobertizo. Y como todos los martes desde hace más de un año, de nuevo ha sacado el cortacésped y al arrancarlo el ruido ha roto el silencio de la soleada mañana de martes.

Y es que en el servicio nórdico de correos -Posti- no salen las cuentan, y por eso, reinventándose una vez más, los carteros te llevan la carta y además, por módicos precios, están dispuestos a cortar el césped, preparar la comida, retirar la nieve de la entrada del jardín en el crudo invierno o limpiar la casa.

En mi infancia trabuqueña era de los pocos niños que no vivían en una casa, tanto es así que mi amigo Kiko, cuando me enviaba una carta o una postal desde Mataró, lo único que escribía en el destinatario era: ‘Jaime. Pisos’. Y llegaba. Bien es verdad que su tía, Estefanía, era la cartera de toda la vida. Es más, en la misma misiva aprovechaba el viaje postal y al lado del sello solía haber un «besos, tita».

Al cabo de muchos años, en una reunión con el director de Correos de Andalucía Oriental, cuando no sé cómo salió en la conversación mi pueblo, inmediatamente me sorprendió nombrando a la ya citada cartera: «El Trabuco, allí tenemos a la incansable Estefanía». Recuerdo que fue una conversación agradable y llena de nostalgia. Me habló del «comité de sabios» en lo que hoy es el Rectorado de la UMA: expertos que resolvían cartas con un nombre de pila erróneo, con un número de calle inexistente o con el nombre de la misma equivocado. Cartas que siempre, a pesar de los errores, llegaban a un destinatario que era conocido, que tenía esa relación cotidiana con el cartero. Incluso había aburridos que ponían a prueba a los funcionarios de Correos con jeroglíficos en las señas del anverso del sobre, o con escrituras criptográficas que eran todo un reto. Días después el amable director de Correos me hizo llegar una edición facsímil de estas cartas, tan curiosas que mi mujer las sigue enseñando en sus clases de paleografía en la universidad.

Todavía tengo guardadas todas las cartas que recibí en la pensión madrileña trasnochada de mi primer año de carrera universitaria. Eran misivas manuscritas de mis amigos del pueblo, cartas de mi novia de entonces que eran todo un regalo cuando me las daba el dueño de la pensión. No las abría inmediatamente, retardaba a propósito ese momento buscando una intimidad que me hiciera destilar el olor de las cuartillas, la letra inglesa escrita al borde del mar junto a una fotografía en un espigón de las playas paleñas. La vida la veía entonces a través de la rendija de un buzón. No sé si la vieja pensión seguirá abierta, pero lo que si estoy convencido es que los estudiantes de la Ciudad Universitaria ya no reciben cartas de amor o de amistad: el papel se habrá transformado en mensajes a través de una pantalla, que no se pueden ver a través de la rendija de un buzón, que no se pueden oler, que no se pueden tocar.

En España los envíos postales en los últimos años han bajado en más de doscientos mil, gracias a la revolución de Internet y a la competencia feroz de la mensajería privada. Aun así, Correos sigue siendo la mayor empresa pública con más de cincuenta mil trabajadores. Y menos mal que nuestros políticos se empeñan en mantener el decimonónico voto por correo, porque si la administración electoral estuviera a la misma altura que su hermana de Hacienda o la Seguridad Social ni siquiera ese reducto anacrónico estaría ya vigente.

Estefanía, como el cartero de la mítica novela de James M. Cain, y sin necesidad de un asesinato de por medio, siempre llamaba dos veces, y tres, si hacía falta, para traerme las postales con beso incluido de su sobrino. Ahora ya está jubilada, vive en una residencia de ancianos de la capital malagueña, y ahora son otros los que llaman dos veces para entrar en su habitación. Pero estoy seguro de que mis paisanas que la han sucedido en el puesto estarán dispuestas a seguir llamando dos veces en las puertas trabuqueñas, lo que sea con tal de seguir manteniendo su empleo: aunque sea para entregar una carta y -como en Karelia del Sur- preparar de paso un potaje de garbanzos.

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A PLUMA DESNUDA

6 de Mayo del 2016 a las 7:21 Escrito por Jaime Aguilera

Os invito a todos a la presentación del libro “A pluma desnuda” que tendrá lugar el día 7 de mayo a las 13 horas en la Feria del Libro de Málaga (Palmeral de las Sorpresas), y que contará con la presencia del médico, escritor y articulista José Antonio Trujillo.

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LAS BICICLETAS NO SON PARA EL VERANO

14 de Abril del 2016 a las 17:50 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 7 de abril de 2016

http://www.diariosur.es/opinion/201604/07/bicicletas-para-verano-20160407004600-v.html

Me dirigía hacia el trabajo en bicicleta cuando me crucé con ellos. Seguramente acababan de desembarcar temprano, en alguno de los cruceros que llegaban todavía casi de noche, con las luces de colores azules encendidas, entrando lentamente por la bocana del puerto. Me llamó la atención que no pararan de tomar fotos en contra de la dirección que yo llevaba. Por eso giré la cabeza hacia lo que estaban fotografiando. Ahora lo entendía: en ese momento, a mis espaldas, amanecía sobre el horizonte de una mar antigua, comenzaba a emerger sobre las aguas saladas el círculo fulgurante de luz anaranjada. No había duda, era todo un espectáculo, un renacimiento serenamente inmenso. Me sentí un privilegiado: porque ellos lo fotografiaban como el primer momento estelar de la visita a una ciudad desconocida; sin embargo, para mí era la instantánea que se repetía día tras día, como una bendita rutina, camino de la oficina, encima de mi bicicleta.

Cualquier malagueño que haya visitado Holanda, un país báltico, o cualquier territorio centroeuropeo, habrá podido observar la cantidad de bicicletas aparcadas o circulando por todos lados, a la salida de la estación de ferrocarril, por el centro, por las universidades. Abuelos, padres y madres con sus hijos en remolques o en sillitas, estudiantes, trabajadores. Da igual el tiempo que haga, con sol o con lluvia, con niebla o con frío, a veces incluso con nieve.

Y sin embargo, paradójicamente, con un clima que ya quisieran para ellos los ciclistas nórdicos o centroeuropeos, a nosotros nos sigue costando incorporar la bicicleta en nuestros movimientos urbanos diarios: preferimos el coche o la moto (eso sí, esta última también la dejamos en casa los cuatro días que llueve, provocando claro está el típico atasco malagueño). Y lo peor de todo, no cogemos la bici arguyendo algunas veces prejuicios sociales rancios y trasnochados. Todavía recuerdo las recriminaciones de mi compañero de despacho en cuanto llegaba por las mañanas a mi primer destino sevillano: «un abogado de la Junta no debe venir al trabajo en bicicleta, es algo impropio y le quita categoría».

Curiosamente fue en Sevilla donde comenzó la oleada que, años después de aquella recriminación, afortunadamente sacó las bicicleta, a pesar de ‘la caló’, a la calle. Y le siguió Córdoba, Granada y por fin Málaga. Se comenzaron a construir y delimitar carriles bici, se instauraron servicios públicos locales de préstamo de bicicletas, algunos incluso gratuitos -cosa que ocurre en muy pocos sitios-, como el de Málaga. Precisamente una de las mañanas usé este servicio ‘de gorra’ desde el Morlaco: cuando llegué a la Acera de la Marina y entregué mi bicicleta felicité por la iniciativa al empleado que estaba reponiendo otra en el punto de acceso de al lado. Me miró extrañado y con cara de incrédulo. Porque, por desgracia, en Málaga no estamos acostumbrados ni a las bicicletas ni a dar las gracias a un empleado público.

Dar un paseo en bici por los paseos marítimos malagueños, por el Palmeral de las Sorpresas, por el Muelle Uno, o por las calles sin coches del centro histórico es un gozo para el cuerpo y para la mente. La vista se recrea al compás del movimiento de las piernas, la brisa marítima te acaricia la cara mientras tu nariz destila el salitre del Mediterráneo. Es como si de pronto de convirtieras en un director de cine que está haciendo un travelling armónico y sosegado que te hace amar más la ciudad en la que vives.

Cada vez hay más paisanos que se animan a sentarse encima de un sillín. Pero queda mucho por hacer. Todavía sigo sin entender -quizás porque es el trayecto que más repito- como no hay un carril bici entre el Morlaco y el puerto; y muchísimos más que todavía quedan pendientes. Y muchos más puntos de aparcamiento en toda la ciudad, y muchos más puntos de entrega y recogida de las bicicletas blancas y azules del servicio público. Y lo más importante, que aprendamos a convivir ciclistas y peatones, conductores y ciclistas, cada uno por su sitio, y Dios en el de todos para que no ocurran accidentes indeseables.

Después de veinte años seguiré acudiendo al trabajo en bicicleta, por mucho que todavía queden algunos que lo consideren como algo que ‘quita categoría’, seguiré dando las gracias a los empleados por un servicio público de bicis que presta eso, un servicio. Y seguiré fotografiando en mi memoria agradecida los mismos amaneceres que graban en sus cámaras digitales los cruceristas. Lo haré todos los meses, con el frío húmedo y con el terral, con sol y con lluvia, con levante y con poniente, de noche y de día.

Porque en Málaga tenemos la suerte de que las bicicletas no son para el verano: son para todo el año.

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MARIANO EL DE LA HUERTA

8 de Febrero del 2016 a las 10:17 Escrito por Jaime Aguilera

Uno nunca está preparado. Quizás como mero mecanismo de defensa, quizás como una absurda negación de la realidad más cierta: uno nunca está preparado para escribir la necrológica de su padre.

Todavía no ha amanecido. He parado en un bar de camioneros camino de Sevilla. Me he sentado a tomar un café al lado de la chimenea encendida. Afuera, por fin llueve. Hay aceituneros hablando en la puerta, no saben si el agua les impedirá trabajar. Recuerdo otro viaje de madrugada junto a mi padre: también hacía frío, pero me había empeñado en acompañarlo a un pueblo lejano de Granada en su camión cargado de cebada. Recuerdo el calor agradable que desprendía el cajón divisorio del Pegaso, el olor a Ducados, la sensación de vivir una aventura junto a él. Recuerdos y recuerdos, tantos que no debo centrarme en ellos sino en los ejemplos.

Mi padre ha sido ejemplo de devoción por la familia y la amistad. Mi padre lo dio todo por mi hermana y por mí, por procurar para nosotros la mejor formación y educación, la que él no había podido tener. Lo dio todo por su familia en general, y por amigos a los prestaba dinero o les buscaba un techo, porque para mi padre los únicos amigos son los que estaban ahí cuando los necesitabas.

Mi padre ha sido un ejemplo de devoción por el trabajo. Como todo huérfano de viuda de guerra básicamente lo único que hizo en su vida fue trabajar, trabajar desde que tuvo uso de razón, tanto que cuando paraba su mirada se volvía triste, porque no concebía los días sin movimiento, sin gentes con las que hablar y reír, sin olivos que arar, sin carreteras que conducir, sin tierras donde quitar piedras, sin cabras que contar, sin matalahúva que exportar, sin tomates que recoger, sin trigo que sembrar…

Mi padre ha sido un ejemplo de devoción por la risa y la naturalidad. El humor por bandera, las bromas y la sonrisa fueron su tarjeta de presentación, su forma de decirnos a todos que quería querernos. Siempre siendo fiel a sí mismo, a su personaje, siempre igual, porque era como él era delante de un príncipe o delante de un mendigo, y ese era el secreto de su autenticidad. Mi padre se reía de todo, también de sí mismo, también de su propia muerte, tanto que esta carcajada continua es capaz ahora de mitigar su tremenda ausencia.

Mi padre fue ejemplo, también, como contador de historias. Tanto que pienso si hay algo genético en mi vocación por escribir viene de la pasión lectora de mi abuelo de Zafarraya y de las mil y una historias que mi padre contaba una y otra vez. Porque como buen cuentista convertía cualquier anécdota, cualquier “cosa que le pasó” en una narración divertida. Y contando historias nos hacía más felices, porque la vida no es más que eso: una historia por contar.

Mi padre nunca leía, solo contaba historias. Es más, se sentía orgulloso de que su hijo escribiera, pero nunca leyó nada mío: me decía que se mareaba con los renglones. Así que, como estoy seguro de que seguirá siendo fiel a sí mismo, tampoco leerá esta necrológica de su hijo. Por eso, allá donde esté, por favor, que alguien se la lea en voz alta: para que sepa de todo lo que ha sido ejemplo, para que sepa que lo seguiremos queriendo, para que sepa que sigue con nosotros, porque nunca, nunca, dejaremos de contar sus historias, cualquier “cosa que le pasó”…

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QUÉ VIENEN LOS TARTAROS

27 de Enero del 2016 a las 13:16 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 13/01/2016

http://www.diariosur.es/opinion/201601/13/vienen-tartaros-20160113002525-v.html

Lo primero que íbamos a ver en nuestro fugaz y vespertino paseo por Nantes era el museo dedicado a su paisano Julio Verne. Se programó como una visita pensada más para mis hijos que para mi mujer y yo. Sin embargo, en el último minuto, metí en mi maleta mi primer libro: un ‘Miguel Strogoff’ editado por Toray en 1977 que me regaló mi tío Paco y que devoré dos años después en el balneario de Alhama de Granada, al mismo tiempo que aprendía por fin a atarme los cordones de los zapatos.

Disfrutamos al llegar a Nantes del mirador sobre el Loira, de la estatua del pequeño Verne y de la estatua del capitán Nemo mirando hacia los antiguos astilleros, hacia los barcos que recorrían el río navegable camino de cualquier parte del mundo. Disfrutamos también recorriendo las habitaciones del museo. Para mis hijos la estrella fue todo lo relacionado con el ‘Nautilus’ y sus veinte mil leguas recorridas bajo el agua. Para mi mujer, los documentos históricos en vitrinas y la sorpresa de la biografía no tan afortunada del escritor. Para mí, la estrella fueron todas las escenas del correo del zar hechas con cartón y coloreadas: un ‘Michel Strogoff au théâtre’ que pasó a ser el fondo de pantalla ideal para que me retratara, como un niño más de 45 años, con mi ejemplar de ediciones Toray en las manos.

No sólo paseé mi primer libro, también lo volví a leer de nuevo: en el aeropuerto, en el avión y, sobre todo, cuando todos estaban dormidos en el hotel. Volví a recorrer el Volga, los Urales, la estepa siberiana…, solo que ahora, más de treinta años después, ya no me enamoré tanto de Nadia, ni sufrí tanto en el momento en el que los tártaros -y los traidores- dejan ciego a Miguel Strogoff; ni me alegré tanto sabiendo que era solo una desgracia temporal. Supongo que con esta tardía y reiterada lectura disfruté más recordando sobre todo la primera, la virginal, la que quedó marcada en mi memoria para toda la vida con el mismo sable ardiente con el que cegaron los ojos del correo del zar.

Más allá de lo anterior, me di cuenta de la importancia de Julio Verne. Me di cuenta de que la lectura de sus novelas en mi infancia fue clave para mi pasión por la lectura, para mi vocación de servicio público, para pensar locamente que no hay nada imposible, o incluso para mi deleite con el cine o con los viajes. Porque quizás el Vázquez del ‘Faro del fin del mundo’ me dejó tan estupefacto que quería seguir leyendo más y más; porque cuando hice mi ‘interrail’ quizás lo único que estaba haciendo era jugar a ser un Phileas Fogg de pacotilla en ‘la vuelta a Europa en treinta y un días’; porque las aventuras del capitán Nemo o del doctor Fergusson no eran quizás sino las primeras ‘road movie’ que estaba visionando con mi imaginación sin saberlo; porque los hijos del capitán Grant, o el otro capitán que solo tenía quince años, me dejaron claro que en la vida hay traidores y compañeros, gente dispuesta a hacer cosas por el bien de todos y gente que sólo piensa en su ombligo.

Justo al acabar de leer por enésima vez mi ‘Miguel Strogoff’, en la habitación del coqueto hotel de Rennes, a las ocho de la mañana, me conecté a las noticias en Internet: leí que el presidente de la República Francesa había declarado el estado de emergencia y había cerrado todas las fronteras para impedir la fuga de los criminales. La noche anterior ya habíamos regresado al hotel con estupor, viendo cómo los franceses miraban en la televisión los atentados en París, sin dejar de escuchar la sirena de los coches de policía cada cinco minutos. Y ahora estaba amaneciendo, mi familia dormía todavía, teníamos que coger el avión de regreso a España en unas horas y no sabía si el cierre de fronteras afectaba a nuestro vuelo. La zozobra silenciosa, la rabia y la impotencia fueron invadiéndome.

De nuevo volvía a estar presente en mi vida una novela de Julio Verne, porque en ese momento, en el silencio de una amanecida de miedo y de luto, por un instante pensé que el mundo no ha cambiado, que siguen apareciendo tártaros dispuestos a sembrar el pánico y la sinrazón, que seguimos necesitando a héroes como el correo del zar para que venza la dignidad humana.

Prometo que solo fue un instante, supongo que un trastorno mental transitorio derivado de las coincidencias: durante unos segundos la que dormía no era mi mujer sino Nadia, y junto a ella los dos hijos nacidos después de nuestra boda en Irkutsk. Durante unos segundos fui un Miguel Strogoff -todos lo somos- dispuesto a defender como sea mi familia, dispuesto a luchar contra el mal, contra unos tártaros que ahora dicen llamarse Estado Islámico.

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LÁGRIMAS DE NOVIEMBRE

4 de Noviembre del 2015 a las 19:14 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado el 3/11/2015 en Tribuna de Sur bajo el título “El Cementerio Inglés”

http://www.diariosur.es/opinion/201511/03/cementerio-ingles-20151103005619-v.html

Hace unos días, en la presentación del libro de Rafael Torres sobre el Cementerio Inglés, libro que -dicho de paso- recomiendo fervorosamente, le pregunté, allí mismo, en la capilla anglicana del propio camposanto:

-Rafael, tengo una curiosidad: ¿por qué viniste a visitar este lugar?

-Bueno, verás, tengo una costumbre: cuando llego a una ciudad, lo primero que visito es un mercado y un cementerio. Cuando vine a Málaga, escogí el mercado de Huelin y, como no podía ser de otra manera, este cementerio.

Y yo que le dije que tanto mi mujer como yo, juntos o por separado, teníamos una costumbre parecida. Porque si llegábamos a una urbe o un pequeño pueblo, entre las primeras y destacadas visitas estaba siempre el sitio donde entierran a sus muertos. Sé que quizás no es lo más habitual, pero sé -como hace Rafael- que no somos ni mucho menos los únicos. Es más, días después, escuché al profesor Rodríguez Marín hablar del llamado ‘necroturismo’ que, como su nombre indica, está vinculado a recorridos turísticos por cementerios singulares y que, al parecer, cada vez reúne a más adeptos entre sus filas.

Sea como necroturista, o quisiera pensar mejor como viajero que juega a ser romántico, me recuerdo a mí mismo cuando deambulando yo sólo, a más de nueve mil kilómetros de distancia, paseé por el elegante cementerio de La Recoleta de Buenos Aires. O cuando en el viaje de novios nos gustaba andar por los cementerios abiertos y ajardinados de cualquier sitio de Escandinavia. O como cuando llegamos a París, mi mujer y yo también, y no fuimos a ver la torre Eiffel, sino las calles arboladas del cementerio de Pere Lachaise. O como cuando llegamos a Venecia y cogimos el vaporetto, pero no llegamos hasta Murano, nos quedamos en la mágica isla cementerio de San Michele. O como cuando me escapé unos minutos de mis amigos del ‘Interrail’ para visitar por segunda vez el cementerio judío de Praga. O como cuando los cuatro, incorporando irremediablemente a los hijos a la tradición familiar, nos hicimos amigos de la monjita que regentaba en solitario el cementerio inglés de Florencia, bello aunque rodeado de demasiado tráfico. O como cuando fuimos a la Serranía de Ronda y terminamos en el cementerio de Gaucín, o como cuando fuimos a la Subbética cordobesa y terminamos en el de Iznájar…

En fin, tantos y tantos cementerios… En Europa o en América; en el pueblo de al lado o al otro lado del océano; judío, católico, ortodoxo griego o protestante; pequeño o grande… Los cementerios invitan a pasear sin prisas, sin necesidad de hacer fotos para cubrir el expediente como un japonés estresado, sin necesidad de decir que yo ya he estado allí. Invitan a disfrutar de un espacio único de la ciudad, de un lugar que te hace conocer de primera mano cómo han sido, y siguen siendo, los habitantes que tienen allí a sus familiares y allegados.

Pero todo viajero vuelve siempre a casa, y ese hogar, en el tema que nos ocupa, se llama Cementerio Inglés de Málaga. En un domingo de invierno o en un concierto de jazz en verano, de día o de noche, con sol o con lluvia, con perro o con pipa, con niños y sin niños. Cada momento te ofrece un placer distinto para disfrutar por un jardín nada ordenado, bellamente caótico entre los bancales que miran al mar. Te hace repasar la historia de tu ciudad, la historia de tantas vidas apasionantes que terminaron con sus huesos allí, después de darlo todo por la ciencia, por el arte, por ideas románticas y descabelladas. Te hace pensar, también, que hay que vivir intensamente, porque todos tenemos un cementerio inglés esperándonos en la certeza del final.

Paseando por él sientes también la rabia y la impotencia de saber que con la ayuda institucional, y con muy poco dinero en comparación con otros proyectos culturales tan millonarios, se podía adecentar un lugar que representa como nadie la historia de los dos últimos siglos de la ciudad, que representa como nadie su esencia abierta y cosmopolita, que podría representar como nadie la punta de lanza del cada vez más pujante necroturismo, que podría representar como nadie lo que cantaban siempre por malagueñas de la bella ciudad como un «jardín lleno de flores y a la orillita del mar».

Estamos en noviembre, el mes de los muertos. La predicción del tiempo anuncia para mañana abundante lluvia. Será el momento ideal para pasear por el viejo cementerio de los ingleses, para beber las palabras de María Victoria Atencia escritas en él y emocionarse con las «las lágrimas de noviembre que calarán la ternura» de los vivos, y de los muertos.

La predicción meteorológica anuncia que mañana lloverá. Espero y confío en que las lágrimas de noviembre calen la ternura de los vivos, de los muertos, y de más de un responsable institucional.

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