UNO MÁS DE LA FAMILIA

13 de Octubre del 2019 a las 14:47 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Diario Sur el 13 de octubre de 2019

Mi coche grande, la Zafira, tiene ya diecisiete años: la adopté a los dos años, por tanto lleva ya quince conmigo. Muchos me invitan a que me deshaga de ella, me espetan que ya tiene muchos años, que me compre uno nuevo… Yo les respondo con criterios pragmáticos y económicos, que si el dinero peor invertido es el de un coche, que si anda mejor que nunca y gasta menos que nunca…, pero me reservo, porque temo que no me van a entender, el que es quizás el argumento más importante: para nosotros, para mi familia, es difícil desprendernos de ella porque es uno más de la familia, casi al mismo nivel que en su día nuestro perro Bartolo o ahora la tortuga Benita.

El primer error es ponerle nombre. Decía Juan Ramón Jiménez que para amar una cosa, por simple e insignificante que fuera, lo primero que había que hacer era nombrarla. Yo heredé esta costumbre de mi padre, que bautizaba inmediata y arbitrariamente a los múltiples coches que compraba o cambiaba, como “El cordobés” (un Seat 850 con matrícula de Córdoba que adquirió cambiándolo en la misma gasolinera por el Dos Caballos en el que estábamos montados mi hermana y yo, de tal forma que fuimos a echar gasolina en un coche y salimos montados en otro), como “El Machaquito” (un Seat 131 motor Perkins que era más fuerte que el anís de Rute del que tomó su nombre) o el mismo Copito (un Opel Corsa que todavía tiene mi madre y que obviamente es blanco).

 Siguiendo esa tradición el Daewoo Matiz color rojo fue bautizado como Tomatito. Todavía lo recuerdo subiendo la cuesta del Cerrado con el motor ya muy recalentado y yo animándolo con mi hijo sentado detrás: “Venga, Tomatito, que tú puedes”. El pobre ya no daba más de sí y lo entregamos en Cumaca al comprar un Toyota Aygo. Mi hijo se empeñó en acompañarme para despedir a “su Tomatito” y el comercial se quedó pasmado cuando vio a mi hijo abrazado al Daewoo y con lágrimas en los ojos: “Tomatito, pórtate bien donde vayas, pórtate como tú sabes”. El citado comercial no pudo reprimir la emoción y me dijo: “Le pido por favor que no venga más veces a entregar un coche con su hijo”.

El caso es que salimos de allí con el segundo coche pequeñito y rojo, y claro está, ya no solo se distinguían los coches de la familia por nombre y sexo (la Zafira tenía género femenino y el Tomatito masculino), ahora habíamos rizado el rizo y habíamos instaurado una saga: el Toyota rojo pasó a ser bautizado como Tomatito II.

Es curioso y sintomático que cuando hemos vivido en el extranjero hemos alquilado coches por varias semanas, y nos ha ido muy bien, pero nunca lo hemos bautizado, quizás porque nunca los hemos considerado de la familia.

Disfruto mucho repasando (evito recordar aquellos en los que mi familia tuvo accidentes, algunos de ellos mortales) todos los coches donde he viajado, he aprendido a conducir, he amado, he dormido, he escuchado música, he hecho giras como escritor, he fumado, he conversado, he discutido… en definitiva, he vivido: el enorme Seat 1500 que decían que era un coche de ministro; el Chrysler que era muy bueno “porque era americano”; el Renault 4, el cuatro latas furgoneta de mis padrinos, Ramoncito, que conducía por los rastrojos del llano de Zafarraya; el Dos Caballos atascado en mitad de la nieve y lleno de productos de la matanza; el Dos Caballos furgoneta que era “la Fabiola” porque era, como nuestra reina belga, muy fea pero muy buena; el Cordobés; el Citröen Gs Club verde manzana que mi madre ponía a cien por Alfarnate de regreso de Periana; el “Foresillo”, un Ford Escort rojo que le pedía prestado a mi padre y me lo llevaba por toda España y Portugal, solo o muy bien acompañado; El Golf negro, mi primer amor, mi primer coche; el Seiscientos amarillo, con el que subíamos a comer a los Montes con los compañeros del Club 600; el Fiat Stylo; El Escarabajo que le pedía prestado a mi hermana y se perdió con las inundaciones del Trabuco; el Renault 5 amarillo que le pedía prestado a mi prima; el Susuki negro que es ya es el “buey vitalicio” que tira del simpecado de la Virgen de Gracia; el Jaguar que mi padre, en una jugada maestra, me cambió en vida por su Mercedes para que ya nunca, después de su muerte, me pudiera desprender de él.

Seguro que todos ustedes, mis discretos lectores, tienen también muchas historias con los coches que han desfilando delante de sus ojos, porque la historia de nuestra vida es también la historia de los coches que nos han acompañado, para bien y para mal.

Les invito a que también disfruten ustedes, al igual que yo, recorriendo los artefactos de cuatro ruedas que guardan con cariño en la retina de sus recuerdos.

Y no olviden mi advertencia, si les ponen nombre, ya saben, corren el riesgo de que pase a ser uno más de la familia.

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SERVICIOS SOCIALES ESENCIALES

10 de Septiembre del 2019 a las 11:03 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna del diario SUR el 9 de septiembre de 2019https://www.diariosur.es/opinion/servicios-sociales-esenciales-20190909002420-ntvo.html

Ahora que abandono mi responsabilidad en el Servicio de Protección de Menores de Málaga me siento más legitimado para exponer una idea que llevo rumiando varios años, pero que no me he atrevido a exponer en esta tribuna: quizás por no querer mezclar mis opiniones personales como articulista con las profesionales como servidor público, quizás por no querer que se interpretara que detrás de mis palabras se escondía un mero interés particular. De ahí que ahora sea el momento propicio.

Se habla siempre de tres pilares fundamentales del llamado Estado del Bienestar: las pensiones, la educación y la sanidad. A raíz de la entrada en vigor de la conocida como ‘Ley de la Dependencia’ se comenzó a hablar de esta última como el cuarto pilar. Sin abandonar este campo semántico, me gustaría matizarlo: el sistema de atención a la dependencia, sin dejar de ser básico y primordial no deja de ser una parte, no el todo, del llamado cuarto pilar del estado del bienestar.

Al igual que hay muchos tipos de pensiones ‘esenciales’, todo un elenco de servicios sanitarios ‘esenciales’ y distintos tipos de servicios educativos ‘esenciales’, hay varios servicios sociales ‘esenciales’, por citar algunos ejemplos palmarios: dependencia, violencia de género, discapacidad, renta mínima, ayudas de emergencia o menores…

Todos ellos merecen la consideración de ’servicios sociales esenciales’ del cuarto pilar del Estado de bienestar, ya que son básicos para la calidad de vida y la cohesión social. Más aún, y no exagero, de su buen funcionamiento depende muchas veces la vida, sí, la misma vida, de un bebé, de un anciano, de una mujer…

Comunidades como la andaluza o la valenciana han dado ya pasos legislativos importantes que abandonan el concepto de la obsoleta beneficencia, del carácter paternalista asistencial: ya se habla de un verdadero y reconocido derecho subjetivo, vuelvo a repetir, al igual que la pensión de jubilación, la educación primaria o una urgencia hospitalaria. No se está pidiendo una limosna a la sociedad sino que esta misma es quien se autoimpone una obligación legal. La comunidad valenciana habla ya de un «interés general y esencial»: a todos nos interesa, y con carácter básico, que un anciano ingrese en una residencia, que alguien que lo está pasando mal reciba un ingreso de subsistencia, o que se proteja inmediatamente a un menor que ha sufrido un abuso sexual por parte de su propia familia…

Y todo ello pasando de puntillas (merece un capítulo aparte) por la labor insustituible e impagable del llamado tercer sector de acción social. Al igual que ocurre con la educación o la sanidad concertada, también los servicios sociales concertados conforman el tejido y la red de gran parte de los recursos. Y no olvidemos nunca la cantidad de millones de euros que ello supone, y los miles y miles de puestos de trabajo, puestos de trabajo que, por cierto, no pueden ser deslocalizados a China o al sudeste asiático.

Sin embargo, y a pesar de las leyes que he comentado, las primeras que no se terminan de creer este carácter de esencial son las propias administraciones públicas, que una y otra vez meten en el mismo saco de los ’servicios generales’ a los que deben ser ’servicios esenciales’: no hablo de sueldos, simplemente de composición de plantillas y de reposición de las mismas, por poner un ejemplo. Que en un ayuntamiento, diputación, comunidad autónoma o ministerio no esté bien dimensionada la plantilla de profesionales de servicios sociales que atiende en sus respectivas competencias a su población supone, y es fácil de entender, exactamente lo mismo que si faltan médicos o maestros, y sin embargo existe la conciencia colectiva de cortar una carretera por un centro de salud, o por un nuevo instituto, pero no por un centro de servicios sociales comunitarios.

Quizás sean necesarias dos premisas básicas para que la consideración de esencial sea más visible, real y efectiva. Una, que se creen, o se vuelvan a crear, instituciones públicas con autonomía presupuestaria y de personal propia. Dos, que no se descarten servicios asistenciales de guardia públicos, que trabajen fuera del horario habitual de oficina.

Está ya totalmente interiorizada en nuestra vida diaria la figura de nuestro médico de cabecera y nuestra tarjeta sanitaria, o el profesor tutor de nuestros hijos en el colegio y el carnet de estudiante. Pues bien, de igual forma se tiene que conseguir que todos y cada uno de nosotros tenga un ‘profesional social’ de referencia en nuestro barrio de residencia y una tarjeta social única con nuestras peticiones y prestaciones. Alguien cercano, responsable, con un rostro conocido, que será el que nos guíe por el camino de nuestras ‘necesidades sociales esenciales’, y si tiene que haber un servicio de guardia en el centro de servicios comunitarios para actuaciones que no pueden esperar pues tendrá que haberlo: porque es algo ‘esencial’.

En definitiva, mis amables y fieles lectores, solo les pido que conformen en su mente una imagen final. Cuando piensen en las figuras de los profesionales sanitarios y educativos como pilares de nuestro Estado Social añadan siempre, por favor, a un tercer grupo: a los profesionales de los servicios sociales, porque, se lo aseguro, casi todos se dejan la piel por todos aquellos que lo necesitan.

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EL MAESTRO ALCÁNTARA Y EL DESCONOCIDO

18 de Mayo del 2019 a las 17:17 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Sur el 18 de mayo de 2019https://www.diariosur.es/opinion/maestro-alcantara-desconocido-20190518000613-ntvo.html

No es ninguna necrológica. Es la historia de una amistad con minúsculas, entre paréntesis: una amistad fugaz y frugal, una amistad paradójica y antitética… y sin embargo, una amistad al fin y al cabo.

Todo comenzó cuando decidí publicar una recopilación de artículos: viviendo en Málaga la idea del maestro Alcántara como prologuista era una aspiración atrevida, un sueño. Coincidió que su amigo José Luis Garci vino a dar una conferencia y mi mujer me dijo que seguro que allí estaba Alcántara, que fuera y se lo propusiera, que no tenía nada que perder. Y así lo hice, abordándolo con todo descaro al final del acto para hacerle la proposición. Me miró sorprendido a la cara y me respondió:

-Joven, no suelo prologar a desconocidos.

-Pues entonces, don Manuel, es cuestión de que nos conozcamos…

Y me dio su número de teléfono, para que nos conociéramos… Y la cosa nos llevó más de un año, porque si no era así no me podía escribir el prólogo. Nos citamos para almorzar en sus restaurantes de cabecera de Bellavista, de El Palo y del Rincón de la Victoria. Nunca, a pesar de mi insistencia, me dejó pagar: supongo que porque nunca pagan los jóvenes desconocidos.

Yo hablaba poco, escuchaba. A veces -las menos- estábamos los dos solos y otras tantas -las más- con otros amigos suyos a los que me presentaba como a un joven articulista al que le iba a prologar un libro. Se hablaba de todo, de temas de actualidad; pero también del mar, de la Guerra Civil, del barrio de la Victoria, de Alfarnate, de Neruda, de Aldecoa, de Azcona… yo sentía que estaba compartiendo mesa y mantel con la historia viva de nuestra literatura, que por un momento estaba formando parte de ella; sin embargo, al mismo tiempo me sentía un especie de infiltrado, casi un impostor: ¿Quién era yo, un desconocido, para atreverme a sentarme a almorzar en ese parnaso tan exclusivo?

Descubrí entonces, en la intimidad de mis lecturas, al poeta Alcántara: y ya nunca dejaría de releer a un «corazón capaz de lluvia», el que aseguraba que «si existía Dios, no tenía perdón de Dios». Comencé a citarlo en mis artículos como «el maestro Alcántara», porque como desconocido que almorzaba con él entendía que tenía todo el derecho de cita.

Pasé a formar parte de las muchas personas que conocían su rutina diaria: sabía que se levantaba tarde, no como yo: «Joven, yo siempre he sido búho; veo que usted ha pasado de búho a alondra». Sabía a la hora que estaba mandado su artículo diario a SUR, después de teclearlo en su Olivetti, después de corregirlo a mano y después de enviarlo por fax: «Joven, el fax es uno de los inventos más prodigiosos de la humanidad, y no voy a abandonarlo».

Sólo una vez me invitó a su estudio, en el mismo bloque donde vivía pero más alto, nada más entrar al Rincón. Allí vi sus búhos, sus libros, su máquina de escribir y su fax. Me preguntó que quería beber y yo, sin pensarlo le dije que un güisqui:

Don Manuel, he pasado de búho a alondra y de la ginebra al güisqui…

Como usted quiera, joven -comenzó a servirse la ginebra para él-…, pero no olvide las últimas palabras de Humphrey Bogart antes de morir…

¿Qué dijo? -pregunté inocentemente.

No debí de haberme pasado al güisqui…

Siempre había algún motivo para ir retrasando el prólogo, porque se suponía que ya nos conocíamos: que si había ido a Madrid, que si había sido jurado de un premio, que si le habían hecho un homenaje… Tampoco tenía prisa. Hasta que un día, había pasado ya más de un año, en una de las citas me entregó un sobre con dos folios mecanografiados: aquí lo tiene, joven.

Lo leí cien veces, me emocioné y lo llevé a la editorial. Al cabo de unas semanas lo llamé otra vez y lo invité a que asistiera a la presentación, junto al poeta Álvaro García, en la capilla del Cementerio Inglés de Málaga: «Joven, no he ido nunca a presentar un libro a un cementerio, pero cómo se le ocurre…»

Pero fue, y se sintió muy a gusto, porque, como decía al final del citado prólogo, a los viejos rockeros les complace que tipos como yo se apresten al relevo.

Y seguí escribiendo artículos, y volví a insertar el prólogo en la reedición de mis artículos ‘A pluma desnuda’. Pero ya no conversé más con el maestro, porque mi efímera amistad comenzó con Garci y terminó en un cementerio.

No lo olviden, no han leído una necrológica: sencillamente porque al margen de vidas y muertes hay pequeños destellos de amistad que se encierran para siempre en un paréntesis de gratitud, en la memoria agradecida de un joven desconocido hacia un maestro, hacia el maestro Alcántara.

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VILLA MAYA (y II)

26 de Marzo del 2019 a las 20:25 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Sur el 26 de marzo de 2019https://www.diariosur.es/opinion/villa-maya-20190326200216-nt.html

Fue una de mis Tribunas de SUR más leídas. Tras seguirle los pasos por estar enterrado en el Cementerio Inglés a George Hutchinson, el inglés del cruce, el amigo de Porfirio. Tras leer el magnífico libro de Diego Carcedo sobre el Schindler de la Guerra Civil, y tras una conversación con mi cuñado en la playa, en julio del año pasado manifesté mi adoración y reivindiqué la figura de Porfirio Smerdou.

Muchos conocieron a este auténtico héroe a través de mis palabras, y yo me sentía muy orgulloso de haber aportado mi granito de arena a hacer justicia despertándolo de un olvido incomprensible.

En esta misma Tribuna pedí una película, un museo o al menos una mísera placa. Afirmaba que si Villa Maya, y todo lo que en ella aconteció, hubiera ocurrido en Estados Unidos o en otro país europeo ya hubiera servido de base para varias películas. Por eso me puse muy contento cuando me llamaron de la productora Quinta Planta para entrevistarme para un documental sobre Villa Maya y su ilustre morador. ‘La lista de Porfirio’ se titula, y lo digo de corazón: es magnífico, no se lo pierdan.

Todos los días seguía pasando por Villa Maya. Y cada vez más gente conocía esta sencilla casita detenida en el tiempo. En unas jornadas sobre el edificio de la Subdelegación de Gobierno estuvieron presentes todos los refugiados que hicieron el corto trayecto entre Villa Maya y este edificio, entonces Hotel Caleta Palace.

Con una profesora del Instituto Mayorazgo diseñamos la idea de hacer un recorrido a pie con los alumnos: desde el propio instituto hasta Villa Maya, y allí, in sito, ante la misma casa que teníamos la fortuna de que se conservaba igual que en el año 36, contar una vez más la historia de Porfirio, la de su familia, la de sus refugiados. Y después, revivir el miedo a la muerte repitiendo el trayecto al Caleta Palace.

Porque una vez más afirmo que la única Memoria Histórica que me sirve es la que me lleve a tener claro que no se puede volver a repetir esta atroz lucha entre hermanos. Y sí algún sitio representa en Málaga la concordia y la lucha por la dignidad humana, no hay duda, ese sitio se llama, se llamaba, Villa Maya.

Los meses seguían pasando, la historia de Villa Maya seguía de boca en boca, después de tantos años, después de la ignominiosa desmemoria con una figura como la de Porfirio, que termina muriendo en el más discreto anonimato en El Escorial, por fin había mucha más gente que lo conocía. Había ocurrido algo parecido al caso de Chaves Nogales, personajes imprescindibles que no salieron a la luz porque no se posicionaron con ningún bando, y quizás por eso ninguno los reivindicó, porque sólo querían denunciar las muertes y las atrocidades por ambos bandos.

Me avisaron de que por fin se iba a emitir en Canal Sur el reportaje que he citado sobre Porfirio. A toda la gente que inmediatamente lo visionó le pareció estupendo.

Esa mañana la ilusión se renovaba porque una vez más, iba a pasar por Villa Maya camino del Instituto Mayorazgo. Pero tuve que apartarme y parar el coche. Mis hijos me preguntaron qué pasaba. No podía creerlo, justo en el momento álgido tras el reportaje de Canal Sur, como si hubiera sido una macabra coincidencia, Villa Maya había desaparecido: una enorme máquina se pavoneaba machacando y removiendo los escombros de la casa, los escombros de nuestro olvido.

No voy a echar la culpa a nadie porque es más que evidente que hay muchos culpables. Sólo me limito a constatar la realidad: ya no será posible, y había muchas formas legales para hacerlo posible, un Museo de la Concordia que, además de ser un magnífico reclamo cultural en un sector de la ciudad donde no hay ninguno, hubiera supuesto una herramienta valiosísima para nuestras jóvenes generaciones.

Tan dolido me vio mi familia que por la tarde, mi suegro me hizo un regalo muy especial: un ladrillo de la chimenea y un trocito de fachada de Villa Maya. No lo duden, los guardaré como oro en paño. Muchos han sido los indignados, y resulta casi sarcástico que ahora, con el crimen ya consumado, el Ayuntamiento de Málaga quiera poner una plaquita en la que a saber si se seguirá llamando Villa Maya. Resulta irónico que días después de consumarse el derribo, el Ayuntamiento de Málaga quiera otorgar la medalla de la ciudad a título póstumo a Porfirio, a buenas horas medallas verdes.

Lo que habría que hacer sería expropiar el solar y levantar una réplica de lo que fue Villa Maya, aunque me temo que de los tres deseos de aquella mañana luminosa de julio: la película, la placa y el Museo de la Concordia, solo se me van a conceder los dos primeros.

Villa Maya. DEP.

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DOS SIGLOS DE GOBERNADORES CIVILES DE MÁLAGA

26 de Marzo del 2019 a las 20:21 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de la Historia de Sur (Sur digital) y en edición impresa el 24 de marzo de 2019.https://www.diariosur.es/sur-historia/siglos-gobernadores-civiles-20190320134635-nt.html

Con ocasión de una jornada de puertas abiertas en la Subdelegación del Gobierno, se me invitó a repasar el anecdotario y las curiosidades de los casi doscientos gobernadores civiles en casi doscientos años. La primera conclusión es evidente, en una historia tan convulsa como la española, tres de ellos solo permanecieron tres días en el cargo, y solo uno de ellos superó los ocho años en el mismo. Es más, uno de ellos, Melchor Ordónez, terminaría siéndolo cinco veces; y pasaría a la historia por ser el primero en promulgar un reglamento taurino y por su curioso castigo a todos los borrachos de Málaga: en la plaza de las Cuatro Calles (hoy de la Constitución) les obligó a beber seguido nada más y nada menos que 16 cuartillos de agua (unos ocho litros).

A poco que se bucee, con más curiosidad que rigor científico, en la historia de los jefes políticos, de fomento, subdelegados de gobierno o gobernadores civiles en Málaga, que también el nombre ha ido cambiando, salta a la vista dos grandes grupos. El de las sublevaciones por un lado, y el de los artistas por otro. Porque de todo ha habido en esta viña del señor bisecular.

 El estreno del primer grupo fue por todo lo alto. En 1831, Vicente González Moreno («el verdugo de Málaga»), en varias cartas firmadas con el sobrenombre de Viriato (otro traicionado, por cierto) engaña a su antiguo compañero Torrijos convenciéndolo de que toda Málaga lo espera a él y a su gente con los brazos abiertos. El resultado de la traición es de sobra conocido: todos fusilados en las playas de San Andrés.

 Porque en Málaga hay que tener cuidado con los 18 de julio, con los veranos y con los años que terminan en 36. Y si no que se lo digan al Conde de Donadío: al terminar la procesión del Carmen, el 16 de julio de 1836, se inicia un tumulto en contra del nombramiento de Istúriz como Presidente del Gobierno, el gobernador, el Conde de Donadío, ordena a la guarnición cargar contra la multitud. El resultado se le vuelve en contra: el gobernador termina asesinado (por cierto, el heredero del título de este condado es el cantante Bertín Osborne). Años más tarde, en agosto de 1856, el gobernador Domingo Velo tiene que huir embarcando en los Baños de Diana y es destituido por haberse puesto al frente de una sublevación. Más adelante, el 18 de julio de 1873, el gobernador Francisco Solier se pone al frente del Cantón Independiente de Málaga: el segundo que más perdurará tras Cartagena, ya que terminará con la detención de Solier por parte del general Pavía en septiembre. Otro 18 de julio, el de 1936, a José Antonio Fernández Vega le tocará gobernar el caos de una fatídica y cruenta guerra civil en una Málaga republicana: terminará en un campo de concentración francés junto a Lluis Companys, la Gestapo lo devolverá a Málaga y finalizará su vida en la mayor fosa común de esta guerra: San Rafael.

 

Por otro lado, pasando al segundo grupo de los artistas, podemos citar en primer lugar a Víctor Balaguer, el trovador de Monserrat, gobernador de Málaga entre el 12 y el 22 de octubre de 1868: toda una figura de la literatura de la Reinaxença catalana que llegará a ser ministro varias veces. Al igual que Ríos Rosas, el de la calle y la parada de metro en Madrid, que llegará a ser académico de la RAE, embajador y presidente del Congreso de los Diputados, pero antes de todo eso será gobernador en Málaga. También será gobernador el escultor malagueño Adrián Risueño o el militar, diputado y escritor sevillano Fernando Gabriel Ruiz de Apodaca.

Caso curioso es el del gobernador Antonio Cánovas del Castillo, malagueño y sobrino del famoso presidente del Gobierno con el mismo nombre. Un día deja su vida política en Málaga y se marcha a Madrid, como Antonio Banderas, porque quiere ser artista. Y se convertirá en un pintor de pseudónimo Vascano y, sobre todo, en un famosísimo fotógrafo llamado Kaulak, Dalton Kaulak, reclamado por la nobleza y el mismo Alfonso XIII: nadie se acordará entonces de que era sobrino de Cánovas o de que años atrás fue gobernador de Málaga.

Algo parecido le ocurrirá a Alberto Insúa, el que no será recordado por ser gobernador civil de Málaga en la II República, entre 1933 y 1935, sino por ser un prolífico escritor y periodista, hijo, marido y padre de escritores. Un autor que comenzó con la novela erótica: La mujer fácil, y que alcanzaría el éxito total con una novela suya llevada tres veces al cine, una de ellas con la misma Conchita Piquer: me estoy refiriendo a El negro que tenía alma de blanca, la obra que, según la publicidad de la época, «emocionó a las multitudes» con «un problema de amor sin solución», «un drama eterno, humano, siempre de palpitante actualidad».

Aunque la historia más triste de un gobernador de Málaga es la del intelectual, poeta, periodista y dramaturgo sevillano Manuel Cano y Cueto, que versiona en castellano las Historias extraordinarias de Allan Poe. Después de alcanzar la fama, las distinciones, el prestigio y el honor, de pronto, un día, se muere su amada esposa y su único hijo. La profunda pena le llevará a la más absoluta pobreza y a la locura: morirá de tristeza en la sección de dementes del Hospital Civil de Málaga.

Pero terminemos contentos. Felices por tener ahora en el gobierno civil a alguien que no ha sido ni conde, ni marqués, ni mariscal de campo, ni escritor, ni fotógrafo; y sin embargo es especial y es la primera vez que se da en casi doscientos años: por fin una mujer, la hija de un farero.

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JULEN Y LA IMPERIOFOBIA

28 de Febrero del 2019 a las 22:50 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Sur el 28 de febrero de 2019, día de Andalucía.https://www.diariosur.es/opinion/julen-imperiofobia-20190228201951-nt.html

 

 

Todavía seguía rumiando la lectura embaucadora de ‘Imperiofobia’, de la profesora malagueña Elvira Roca, cuando comenzaron las labores de rescate del pequeño Julen en el cerro de la Corona, en la también malagueña población de Totalán.

Al final, como por desgracia todos lo pensábamos pero ninguno lo decíamos, al pequeño de El Palo se le sacó del fatídico pozo sin vida, pero no por ello no se ha dejado de destacar en toda la opinión pública el enorme esfuerzo colectivo en la ingente y titánica labor del rescate: miembros de la Guardia Civil llegados de todos los rincones de España, mineros asturianos, autoridades políticas –sí, sí, no se extrañen, hay políticos comprometidos–, ingenieros de toda Andalucía, Protección Civil, bomberos, empresas nacionales y extranjeras, vecinos humildes de Totalán que han abierto sus casas, y sus cocinas, para todo el que lo necesitara… todos, todos han exprimido su fuerza y su ilusión en una carrera contra el tiempo.

Porque somos gente que cuando está unida, cuando lo tiene claro, pone toda su pasión y su conocimiento en empresas que parecen imposibles, pero que al final salen adelante, como sea, pero adelante.

Y fue en ese pensamiento donde recordé toda la historia de nuestro país que estaba ahí, que a veces pasamos por alto, y que saca a la luz Elvira Roca en este citado ensayo cuya lectura recomiendo. La historia de nuestro país tiene luces y sombras, como las de todos; pero curiosamente a lo largo de los siglos otros países se han ido apropiando de esas luces y, lo peor de todo, se han encargado de agigantar las sombras de lo que con toda maldad se ha bautizado como nuestra ‘leyenda negra’.

No hay mucho espacio en este suelto para atiborrar de cifras objetivas. Simplemente algún ejemplo: con la reina María de Inglaterra, católica, nieta de los Reyes Católicos, hubo muchísimos menos muertos protestantes que muertos católicos con su hermanastra y sucesora anglicana Isabel: y sin embargo, el sobrenombre de ‘la sangrienta’ se lo llevó, cómo no, la relacionada con lo católico y español.

En el resto de Europa se han encargado de ‘colgar’ los muertos por autos de fe y tortura a la Santa Inquisición española; y sin embargo, otras inquisiciones y otras religiones protestantes tienen en su cuenta de sus resultados muchos más muertos; pero está claro que, como diría el castizo, unos tienen la fama y otros cardan la lana. Y si no que se lo digan al ‘mediohombre’ (un ojo tuerto, un brazo inmovilizado y una pierna arrancada) Blas de Lezo, que con muchísimos menos medios y hombres, contra todo pronóstico, derrocó a los ingleses en el sitio de Cartagena de Indias. Todos los españoles conocen la derrota de la Armada Invencible de Felipe II, muchos menos las muchas victorias como la épica de Blas de Lezo.

La ignorancia sobre nuestra historia es apabullante, si una nación hubiera tenido una moneda refugio y de referencia mundial durante trescientos años, todos, o casi todos, sus nacionales lo sabrían; sin embargo, nadie, o casi nadie, de los españoles conoce que esa moneda existió y era una moneda española: el real de a ocho (incluso las barras del símbolo del dólar americano actual derivan de él).

Ahora está de moda, ‘es políticamente correcto’ denostar todo lo relacionado con el descubrimiento y colonización de América por parte de los españoles, y no solo fuera de España, también dentro. No puede dejar de sorprenderme cuando los vecinos del norte de América atacan todo lo relacionado con lo hispánico y, encima, pretenden dar lecciones: porque si hubo una colonización que aniquilara totalmente a la población nativa sin mezclarse con ella, que no creara ninguna universidad, ningún hospital…, fue la del norte, no la del sur.

Pero la culpa no es de los demás, es nuestra: nuestro gran pecado nacional de la envidia, aderezado por grandes dosis de la citada ignorancia, nos lleva a cotas muy elevadas de un cainismo que oscurece y echa por tierra nuestros logros. En el caso del pequeño Julen, comenzaron a circular por las redes sociales historias truculentas que no respetaban ni el dolor de la familia ni el trabajo de la justicia. Y encima el periodismo más amarillo ya tenía excusa no para informar del caso sino para extraer todo el morbo posible hora tras hora, día tras día.

No sé ustedes, yo por mi parte voy a celebrar este año el quinto centenario de la hazaña por la que un puñado de españoles, comandados finalmente por Juan Sebastián Elcano, fueron los primeros en dar la vuelta al mundo en la nao ‘Victoria’: partiendo en 1519 desde Andalucía, y regresando tres años después a Andalucía.

Porque en mi tierra, si nos dejamos de tonterías, envidias y cotilleos, tenemos fe para mover montañas, incluidas las de Totalán.

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RASTAS Y CORBATAS EN LAS CORTES

2 de Enero del 2019 a las 12:47 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en la Tribuna del Diario Sur el 30 de diciembre de 2018https://www.diariosur.es/opinion/rastas-corbatas-cortes-20181230185543-nt.html

El primer día que lo vi por televisión en el Congreso de los Diputados me llamó la atención. Era la primera vez en nuestra historia que un prócer de la patria se presentaba en el hemiciclo sin traje, con barba de varios días y un peinado de rastas que le hacía parecerse muchísimo más a Bob Marley que al insigne malagueño don Antonio Cánovas del Castillo. Precisamente a otra diputada malagueña, a nuestra querida Celia Villalobos, le faltó tiempo para, de nuevo, sentar ‘cátedra doméstica’ con sus palabras en relación a las rastas del diputado: «A mí con que las lleven limpias para que no me peguen un piojo, me parece perfecto».

El caso es que hace unos días este diputado canario de Podemos con rastas, Alberto Rodríguez,  subió a la tribuna del Congreso y se dirigió a otro diputado con traje y corbata: «Nunca pensé que fuera a decirle algo así a alguien y menos a un diputado del PP, pero creo que lo vamos a echar de menos». Se despedía de uno de sus compañeros en el Congreso, Alfonso Candón, que se marcha al Parlamento de Andalucía. Continuaba la faena diciéndole que aportaba «calidad humana» al trabajo en el Congreso, y terminaba: «Le voy a decir algo, que creo que es de las cosas más bonitas que se le pueden decir a alguien, y es que es usted una buena persona».

Es sólo un gesto pero me parece muy importante señalarlo porque pienso que ese debería ser el rumbo de nuestra denostada clase política. No es normal que teniendo los graves problemas que tenemos en este país los políticos, y la corrupción que va con ellos, sean de por sí la principal preocupación de los españoles sólo por debajo del paro. No es normal que los políticos, que deberían ser parte de la solución, sean la principal parte del problema. Y es que la gente no es tonta, y ellos solitos se lo han buscado: Abandonando un espíritu de concordia, de consenso, de pactos y de diálogo que hizo posible el milagro de nuestra Transición, de la que muchos –es difícil de entender– reniegan ahora. Y lo digo porque es un hecho incontestable que gracias a ella hemos atravesado el más importante período de progreso y prosperidad de nuestra historia.

No me cabe la menor duda en reivindicar el espíritu de la Transición: se hacen urgentes y necesarios unos nuevos ‘Pactos de la Moncloa’ para resolver, o intentarlo al menos, los grandes retos que tenemos por delante: Por poner sólo algún ejemplo citaré los urgentes pactos por la educación, las pensiones y el agua. Porque para eso se eligen a unos representantes, para que se sienten, trabajen y tomen decisiones que quizás no sean fáciles ni agradables, pero que se hacen ya más que necesarias.

Pero, la verdad, para qué engañarnos, no parece que vayamos por ese camino. Aquí lo importante es conseguir el poder, como sea; estar pendiente de las encuestas y de arañar votos, como sea; y crucificar al enemigo, como sea. Para cambiar de rumbo me atrevo a pedir cuatro cualidades para nuestros nuevos políticos que, aunque parezcan utópicas, hay algunos países desarrollados y cercanos donde son realidad:

1. Profesionalidad: La política debe ser una etapa en la vida, no un oficio. Decía el maestro Paco Umbral que si el político no tiene ninguna dedicación profesional sino que su ‘profesión’ es la política su interés lógico y natural, por encima del interés común, será seguir viviendo de la política. Ya está bien de tanto vividor de la política.

2. Dignidad: los políticos no deben ser meros títeres, como lo son ahora, al dictado de un demiurgo al que llaman ‘el partido’ y que les obliga a tragarse sapos y culebras. Hay países donde los políticos deciden y piensan por sí mismos, y si su partido les impone algo con lo que están totalmente en contra, muy sencillo, se marchan. Ya está bien de tanto abuso de la partitocracia.

3. Honestidad: resulta una obviedad, pero es necesaria nombrarla, la vocación debe ser la del servicio público y no la de meter la mano. Ya está bien de tanta corrupción.

4. Verdad: Por supuesto que un político debe saber manejar los tiempos, incluso jugar con medias verdades y con silencios. Pero esto no le da permiso a mentir de manera grosera y zafia: de una forma tan impune que  a todas luces es un insulto a la inteligencia de su electorado. Ya está bien de tanta mentira.

Porque no se equivoquen: también tenemos buenos políticos. Puede que el gesto del diputado canario será una raya en el agua de su Atlántico natal, pero de esperanza se vive. Ojalá se dejen de tanta tontería y  se sienten a trabajar y a resolver problemas, por supuesto con dificultades y con renuncias, pero con la conciencia de que uno no se puede levantar de la mesa hasta decidir un camino. Una mesa donde haya descamisados y trajeados. Donde haya rastas y corbatas.

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HISTORIAS DE LA RADIO

6 de Noviembre del 2018 a las 21:07 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en la Tribuna de Diario Sur de 5 de noviembre de 2018https://www.diariosur.es/opinion/historias-dela-radio-20181105201714-nt.html

Mi historia con la radio comenzó, como tantas historias de amor, con altas dosis de odio. En las sobremesas caniculares de verano mi madre me obligaba a dormir la siesta: como no tenía sueño me dedicaba a intentar escuchar la radionovela que mi madre escuchaba en la cocina. Es curioso como con el paso de los años aquello que tanto odiaba, la radio y la siesta, han terminado siendo paisajes deseados y necesarios en lo cotidiano.

La noche del golpe de estado del 23 de febrero es conocida como ‘la noche de los transistores’: en mi recuerdo no está la noche sino más bien una feliz mañana porque no fuimos al colegio y en la tele ponían una película de un señor pelirrojo; mientras, en la cocina, mi madre, en su ‘mañana de los transistores’, escuchaba el desenlace del golpe.

 

Pero yo seguía sin escuchar la radio, veía los domingos por la tarde a los padres, solos o acompañados de su santa esposa, escuchando el fútbol con la radio pegada a la oreja. Pero a mi padre ni le gustaba el fútbol ni la radio –decía que no le dejaba pensar–, y yo, en el fútbol no, pero en la radio quería imitar a mi padre. El giro del odio al amor no comenzó escuchando sino haciendo la radio: imitando en un estudio muy pequeño de Radio Trabuco a Fraga, Carrillo y Felipe González. A partir de ahí me fui enganchando a escuchar y a hacer radio, excluidas, por supuesto, las radionovelas.

Si no llega a existir la radio y los ‘Clásicos Populares’ de Fernando Argenta posiblemente nunca hubiera llegado a disfrutar la música clásica. Les recomiendo que escuchen a su digno sucesor Martín Llade en ‘Sinfonía de la Mañana’ de Radio Clásica.

Volvería a hacer radio en la Ciudad Universitaria de Madrid (con el programa ‘El Criticón’ en Radio Saigon) y en otra vez en Radio Trabuco con el programa ‘La puerta de atrás’, y ya para entonces me había empapado de mucha radio: madrugadas electorales, programas deportivos como el de Jose María García, de cine como el de Carlos Pumares o de música como la mítica Radio 3.

Sin embargo, y creo que estarán de acuerdo conmigo, más allá de locutores célebres o de programas famosos, la verdaderas historias de la radio que cada uno lleva en su íntima memoria están unidas a momentos y lugares determinados. En mi caso, y para que vayan excitando sus propios recuerdos, nunca olvidaré la retransmisión de las campanadas de fin de año en la cadena SER, en Boston, rodeado de españoles, y a la seis de la tarde.

Y no solo paréntesis puntuales y especiales de nuestra vida, sino rutinas que ha ido calando a lo largo de los años y donde la radio suele ser la banda sonora: amaneceres retozando todavía entre las sábanas, o paseando camino del trabajo, o de ruta senderista o ciclista de fin de semana.

La radio fue hecha para espíritus solitarios, para conductores que atraviesan caminos, autovías, carreteras, devorando kilómetros, noches, tardes, madrugadas: con la única compañía de voces aterciopeladas, de cantos de sirena que te abrazan sin que por ello tengas que abandonar el escondite gozoso de la soledad buscada.

A veces me retiro al campo para escribir, allí no hay televisión, ni Internet, solo un aparato de radio. Cuando ya es muy tarde y estoy cansado de apilar palabras una detrás de otra, enciendo la pipa, la chimenea…, y la radio: les aseguro que en ese momento no me cambio por nadie en el mundo.

Muchos auguraban el fin de la radio con las nuevas tecnologías y las redes sociales. Nada más lejos de la realidad: la radio se ha hecho accesible a través de un móvil que, por suerte o por desgracia, llevamos siempre con nosotros. Es más, gracias a los nuevos ‘podcast’ podemos escuchar lo que pudimos hacerlo en directo; eso sí, no es lo mismo, la frescura y la viveza de la radio en vivo y en directo siempre dará más compañía y será insustituible; pero al menos no podremos lamentarnos de no poder haber escuchado nuestro programa favorito.

Ahora mismo estoy escuchando al Ciudadano García en Radio Nacional, al igual que es casi seguro que el próximo fin de semana escucharé a Pepa Fernández –también en Radio Nacional–; pero seguiré saboreando la radio ya escuchada, ya vivida, y les invito a que también lo hagan ustedes, a que buceen en sus memorias radiofónicas, porque todos tenemos nuestras particulares historias de la radio, aquellos que han envuelto con papel de celofán los regalos imborrables de la memoria agradecida.

No les puedo obligar a dormir la siesta, allá cada cual, pero sí recomendar que además de leer este periódico escuchen la radio; es más, ya puestos, hagan las dos cosas al mismo tiempo.

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VILLA MAYA

3 de Julio del 2018 a las 17:41 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 3/07/2018www.diariosur.es/opinion/villa-maya-20180703211921-nt.html

Las mañanas de julio en el Limonar son frescas y apacibles, a ello contribuye la profusa arboleda y que no hay clases en los colegios cercanos. Llego hasta el número 19 de la calle República Argentina: allí sigue, Villa Maya, aparentemente sin muchos cambios desde aquel otro julio del 36, hace más de 80 años, aunque es evidente que los años no pasan en balde: le vendría bien una mano de pintura; la cubierta de teja plana, que tanto encanto le da, está un poco curvada; hay restos de poda en el jardín y el buzón está lleno de publicidad.

Curioseando la vida de George, el inglés del cruce, el padre de Marjorie Grice-Hutchinson, para un publicación sobre el Cementerio Inglés de Málaga, descubrí que muchas de las personas a las que les salvó la vida George, llevándolas a Gibraltar en su yate ‘Honey bee’, habían salido de aquella casa.

Es curioso, muchos pasamos todos los días por esa casa; muchos vamos camino del instituto, del centro de salud, del supermercado… y apenas nos hemos fijado en esa sencilla y pequeña construcción de una sola planta; sin embargo, por ella entre pasaron en medio año, entre julio del 36 y febrero del 37, más de quinientas personas que salvaron su vida gracias al esfuerzo, la valentía y el arrojo del cónsul de México en Málaga, Porfirio Smerdou.

 

Resulta increíble pensar, y lo sabemos gracias a la investigación del profesor Antonio Nadal, citado por el periodista Diego Carcedo en su historia novelada ‘El Shindler de la Guerra Civil’ (Ediciones B, 2003), que llegaron a convivir en esa casa más de cincuenta personas al mismo tiempo, durmiendo en cualquier trocito de suelo, incluyendo por supuesto los pasillos.

Resulta increíble imaginar la meticulosa organización para hacer uso del cuarto de baño, para que todos desayunaran, almorzaran y cenaran en tan reducido espacio. Incluso llegaron a tener un horario de servicios religiosos, incluso se llevaron a dormir a la casa de al lado a los niños más pequeños para que se pudiera dormir algo.

Es evidente por tanto, por increíble que parezca, que si Villa Maya hubiera sido refugio de judíos en la Alemania nazi, o en cualquiera de los territorios ocupados por Hitler, ya se habría hecho más de una película que narrara esta hazaña. Pero no es la casa de Ana Frank, no es la casa de ‘El pianista’, no es el campo de concentración de ‘La vida es bella’: es sencilla y llanamente Villa Maya, en el Limonar de Málaga.

Los propios refugiados hacían los turnos de vigilancia a cada hora del día: ahora un seto crecido impediría esa labor de seguridad, y los únicos y estáticos vigías son los cuatro árboles que la rodean en sus cuatro puntos cardinales: un pino, una araucaria, un ciprés y una palmera.

Resulta increíble, viendo el buzón lleno de publicidad, que Porfirio organizara, en una Málaga sitiada por fuera por las tropas nacionales, y por dentro por la locura de los comités revolucionarios, toda la correspondencia de los refugiados a través de valijas diplomáticas enviadas por barco a Gibraltar, hasta tal punto que el irónico cónsul británico lo bautizara como el Porfirio´s Mail Service.

Porfirio Smerdou fue el primero en organizar en Málaga un intercambio de prisioneros entre la República y los nacionales. Al final, cuando también era el representante consular de Argentina y Málaga ya había sido tomada por las tropas nacionales, salvó la vida a siete republicanos –con la complicidad del doctor Gálvez Ginachero– trasladándolos, disfrazados de parturientas, desde el consulado argentino hasta la clínica del citado doctor. Porque a Porfirio le daba igual el signo político, lo único que tenía claro es que nadie tiene el derecho de quitarle la vida a nadie…, y ello le costó su puesto de vicecónsul y que incluso fuera investigado judicialmente por la nueva España franquista.

Como ya he dicho en más de una ocasión, no soy muy partidario de remover heridas con estériles memorias históricas, pero, desde luego, si hay que agitar una y otra vez la memoria debería ser para sacar a colación personas como Porfirio, lugares como Villa Maya.

Decía el otro día Ruiz Povedano que en Málaga debería haber leyendas, anotaciones, placas que vayan señalando la historia de cada rincón de esta milenaria ciudad. No le falta nada de razón. Por eso sé que Ruiz Povedano estará de acuerdo conmigo en que Villa Maya debería tener alguna referencia que contara en su puerta todo lo que se vivió dentro de sus muros. Es más, hasta podría ser visitable. La visita, o el correspondiente documental o película, tendría banda sonora: el Himno de los refugiados que fue compuesto por uno de ellos mientras permanecía dentro de la casa.

Los más de quinientos refugiados quisieron comprar después de la guerra Villa Maya para regalársela a Porfirio, pero finalmente no lo hicieron: Porfirio Smerdou murió con 96 años en 2001, en El Escorial. Quizás sería el momento de retomar la idea de comprar Villa Maya entre todos los malagueños.

 

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LA MUERTE Y LA NOVENA

15 de Mayo del 2018 a las 20:49 Escrito por Jaime Aguilera

 Publicado en Tribuna de Diario Sur el 15 de mayo de 2018

http://www.diariosur.es/opinion/muerte-novena-20180515000717-ntvo.html

La novena sinfonía de Beethoven, el conocido como ‘Himno a la alegría’: esa fue la música escogida.

Hace unos días, el científico australiano David Goodall, en un detalle que muchos considerarán sacrílego, decidió cuál iba a ser ’su última cena’: pescado frito con patatas y pastel de queso. Lo hizo no acompañado de sus discípulos sino de su familia, de sus nietos. Justo después comenzó a sonar la novena sinfonía de Beethoven y se tumbó en una cama de una clínica de Basilea, en Suiza. Un médico le colocó una vía intravenosa en el brazo y el mismo paciente se encargó de abrir una válvula que dio paso a un potente sedante que en altas dosis detiene los latidos del corazón. David Goodall se quedó dormido en pocos minutos y luego falleció. Tenía 104 años y no sufría ninguna enfermedad terminal.

Goodall, profesor e investigador asociado honorífico de la Universidad Edith Cowan de Perth (Australia), ya fue noticia hace dos años cuando su universidad le pidió que dejara de trabajar -con 102 años- alegando los riesgos para su seguridad derivados de sus desplazamientos. Al final la presión social consiguió que siguiera con su pasión investigadora.

El escritor y filósofo Albert Camus, que por cierto muere prematuramente en un accidente de tráfico, se planteó en su famosa obra ‘El mito de Sísifo’ que el ser humano debería hacerse la pregunta moral, existencial, de por qué seguir viviendo, por qué no suicidarse. Igualmente, Nemesio, el protagonista en la ficción de mi última novela, se plantea que la primera decisión una vez alcanzada la mayoría de edad sería decidir si queremos seguir viviendo. Lo más normal es que se quiera seguir exprimiendo cada día que amanece; es más, puede que el propio planteamiento radical de hacerse esta fatídica pregunta no sea sino un gran acicate para aferrarse a la vida. Sea como sea, que las personas nos podamos hacer esta pregunta es, como mínimo, colocar al hombre en una posición que no gusta a las religiones, porque al fin y al cabo lo superpone a cualquier deidad, de ahí que se prohibiera enterrar a los suicidas en suelo sagrado. Pero eso no le quita ningún ápice de legitimidad, de máxima expresión de libertad individual de la condición humana. Si somos los únicos seres vivos con la conciencia de la muerte, en lógica consecuencia debemos decidir libremente si queremos o no seguir viviendo.

Y eso significa no tener que morir cometiendo, como ocurre en la mayoría de países, un delito de suicidio, obligando por ende a morir en la clandestinidad, en las fronteras exteriores de la ley.

Dos años después de que le permitieran continuar en la universidad las fuerzas de Goodall se han agotado. Sus palabras no pueden ser más clarividentes: «No soy feliz. Quiero morirme. No es particularmente triste. Lo que es triste es que me lo impidan. Mi sentimiento es que una persona mayor como yo debe beneficiarse de sus plenos derechos de ciudadano, incluido el derecho al suicidio asistido».

¿Cómo negarle el derecho a una persona que seguía trabajando con 104 años? Es cierto que hay siempre un componente egocéntrico en esa decisión, ¿pero acaso la gran mayoría de nuestras decisiones vitales no nacen de nuestra voluntad más unívoca y por tanto ciertamente egoísta?

Les invito a una reflexión y a una respuesta que nazca desde su honestidad y su generosidad: imaginen a un familiar cercano, o sencillamente a un buen amigo, que ha superado el siglo de existencia, que ha llevado una vida plena, llena, como casi todas, de alegrías y de tristezas, pero plena al fin y al cabo. ¿Qué le responderían si les pidiera su aquiescencia para poder abandonar este mundo? Piensen en los nietos que acompañaron a Goodall en la cena, con toda seguridad se despedían con tristeza de un abuelo irrepetible, único, al que a partir de entonces echarían de menos; sin embargo, al mismo tiempo estaban respetando el propio deseo legítimo de una persona que hasta el último momento ha estado aspirando la vida a borbotones: ¿es recriminable su actitud de no oponerse frontalmente a la decisión de su abuelo?

Por último, les invito a un ejercicio mental. Imaginen que llegan a una provecta edad centenaria, que ya han hecho todo lo que querían hacer, que han perdido la ilusión por seguir viviendo. Piensen por un momento el menú de su última cena, las personas que les van a acompañar y la música con la que comenzarán a desfilar los títulos de crédito de su propia biografía, una biografía de la que han sido dueños hasta el último momento.

Desde luego, la elección musical de Goodall no fue casual: ya se sabe que el genio sordo de Bonn no quería que su novena fuera un himno a la alegría. La concibió como un himno a la libertad.

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