REFUGIADO DENTRO DE SEPTIEMBRE

30 de Septiembre del 2015 a las 11:27 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en  Tribuna de Diario Sur el 29-09-15: 

 http://www.diariosur.es/opinion/201509/29/refugiado-dentro-septiembre-20150929003848-v.html

Abro el periódico. Las páginas de todas las mañanas de septiembre están manchadas con la sangre, el sudor y las lágrimas de los refugiados que esperan agazapados en las fronteras de la vieja Europa, huyendo del miedo, huyendo de la muerte. Pero, tranquilos, no voy a ofrecer la enésima solución de tertuliano al respecto: entre otras cosas porque solo hay una y es utópica, porque no hay refugiados si no hay guerra. Y si no queremos intervenir con muertos europeos encima de la mesa (porque no hay petróleo de por medio); y si, por tanto, el conflicto es inevitable, entonces es Europa quien debe ir en busca de los refugiados, y no al revés; es Europa quien debe acoger a quien lo necesita desde la misma Siria, y no desde el muro de la frontera húngara y con mafias de por medio.

Pero he prometido no hablar de lo que todo el mundo habla en este septiembre. Me he prometido a mí mismo, y ya lo estoy incumpliendo, no hablar de refugiados en septiembre sino, simplemente, de septiembre.

Tierra mojada. Huelan conmigo. Cierren los ojos. Disfruten durante solo unos segundos de lo que, estoy seguro, es también uno de los olores de su infancia, de su memoria más agradecida. La primera lluvia llega con septiembre, y con ella deja el primer reguero aromático de un campo segado en el Trabuco, una tierra que vuelve a exudar olor de vida para nuestro deleite, lo mismo que un pinar en El Morlaco malagueño cuando abre sus brazos a una gota de lluvia que es mensajera del incipiente otoño. Olores de septiembre, como el de los libros del colegio recién comprados y abiertos por primera vez, no para leerlos sino para meter la nariz y aspirar, aspirar con los ojos cerrados, y seguir después oliendo la goma de borrar, y el plástico para forrarlos. Más de un niño echará de menos este ritual mientras espera junto a sus padres en la alambrada de la soñada Europa, sin saber siquiera sin este año irá al colegio.

O el sonido lejano de la orquesta. Este es, para mí, una de las piezas principales de la banda sonora de septiembre. Y lo mismo les ocurrirá a todos a aquellos que celebren las fiestas de su pueblo en este mes. Volver a ver a amigos, bailar pasodobles o lo que toque hasta que llegue la madrugada. Llegar a casa cansado y cerrar la ventana porque ya hace frío, refugiarse entre las sábanas mientras sigue sonando la orquesta, a lo lejos, como un rumor convertido, septiembre tras septiembre, en nana improvisada para adultos que siguen queriendo ser niños. Pero no puedo evitar, lo intento pero no puedo, pensar qué orquesta de su pueblo escucharán los adultos que intentan dormir algo en una tienda de campaña prestada, junto a su familia partida en dos, esperando un papel en lengua extranjera que les deje pasar el puesto fronterizo, escuchando lejos, no el rumor de la música de su memoria sino el crepitar de las ruedas de un tren en el que todavía no han podido subir.

La luz de una tarde de playa. Los que tenemos el privilegio de vivir todo el año en el paraíso de la luz y la placidez esperamos, egoístas e impacientes, a que se vayan las aves migratorias vacacionales, las que han inundado las playas en agosto y ya han vuelto a sus cuarteles de invierno. Es entonces cuando volvemos de las montañas, cuando salimos de nuestro escondrijo y nos vamos, solos o en familia, a disfrutar de una playa semivacía donde ya hay más vecinos que extraños, donde el agua del mar todavía mantiene la temperatura adecuada, donde la brisa ya no es canícula y donde, sobre todo, la luz es única. Faulkner adoraba la luz de agosto, Guillén la luz del mediodía malagueño en el paseo de Melilla, a mí me subyuga la luz de la playa en una tarde de septiembre, una luz tibia, que transita entre la claridad cegadora y el ocaso, entre las ínfulas del verano y la humildad del otoño. Y lo intento pero no puedo, no puedo pasear por la playa sin que la imagen de Aylan Kurdi en la playa turca se anteponga en mi retina. Porque esa misma luz de septiembre que me dulcifica y este mismo mar Mediterráneo que me acaricia han dejado varado, para siempre, a este barquito de vela que comenzaba a navegar.

Y septiembre llega a su fin. Y miles de personas siguen llamando a las puertas del asilo del próspero y educado Occidente mientras yo vuelvo a pedir un asilo, que ya tengo concedido de antemano, en la mano hospitalaria de un septiembre más, y ya van unos cuantos. Y mientras miles de personas son refugiados en el mes de septiembre yo soy, por fortuna, otro año más, un refugiado agradecido en el seno maternal y cálido de este mes prodigioso. Soy un refugiado no en, sino dentro de.

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