FUEGO

18 de Agosto del 2009 a las 10:40 Escrito por Jaime Aguilera

Este verano será recordado como uno de los peores en cuanto a incendios forestales. La superficie quemada a estas fechas es ya la suma de los tres últimos años anteriores. Un otoño y un invierno lluvioso, una primavera más seca y un verano muy caluroso han sido los ingredientes fatídicos para un caldo de cultivo que, se supone, no es plato de buen gusto.

Y digo esto porque, lo peor de todo, lo que te saca de tus casillas, es que la mayoría de ellos sean intencionados, y ni siquiera en algunos de ellos existe –igualmente deleznable- una intención especulativa de tierra quemada: o sea, que ni siquiera quieren hacer leña del árbol caído.

El bosque, y muy en particular el mediterráneo, es la máxima expresión de una tarea de años, de siglos, que tiene como resultado lograr un equilibrio frágil y, por desgracia, siempre amenazado. Esta obra de arte de la Naturaleza que ha tardado tanto en tomar forma queda destruida en cuestión de horas por un señor –rara vez es señora- que encuentra un extraño placer erigiéndose en un Lucifer venido antes de hora, en un otoño prematuro que pondrá amarillas las hojas por última vez.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen: pues eso, aunque para ello haya que reformar constituciones y leyes, es lo que haría yo con estos pirómanos. Les haría volver al bosque quemado y le impondría la pena de trabajos forzados plantando y cuidando un nuevo bosque. Al parecer, se necesitan al menos treinta años para que se puede ver el boceto de lo que era antes de arder, justo el tiempo de máxima pena que tiene previsto nuestra legislación.

Todavía recuerdo que, hace muchos años, hubo una campaña en televisión que clamaba “Todos contra el fuego”. Es triste pensar que pasan los estíos, y siguen aflorando tíos que no se quieren incluir en el todos.

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