ÁRBOLES, SIEMPRE ÁRBOLES

4 de Enero del 2018 a las 20:25 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 4 de enero de 2018

http://www.diariosur.es/opinion/arboles-siempre-arboles-20180104010940-ntvo.html

Lo único que tenía claro es que no iba escribir nada sobre Cataluña. Pero no encontraba ninguna alternativa temática. Acababa de ’salir del horno’ mi última novela -’Fluidos corporales’- y un conocido me espetó el clásico comentario: ya tienes hijos, así que sólo te falta plantar un árbol. Ya he plantado unos cuantos, pensé, pero únicamente le contesté con una amable sonrisa. Es más, precisamente me disponía a ir en ese momento a un vivero en busca de dos pistachos, uno macho y uno hembra, para que uno polinice y el otro produzca frutos. La guinda la puso Radio Nacional mientras conducía: emitían un reportaje sobre el árbol de Guernica: el roble, mejor dicho, todos los robles, que habían sido santo y seña para la nación vasca.

No había duda, como tantas y tantas veces, no había encontrado el tema de disertación; más bien al contrario, el tema me había encontrado a mí.

Me vinieron a la mente los primeros árboles que recuerdo con cariño, los de mi niñez. Las moreras que flanqueaban cualquiera carretera y que nos hacían parar con emoción, porque ya teníamos sustento para nuestros gusanos de seda. Un ciruelo de mis padrinos, en el Llano de Zafarraya, con unos frutos amarillos, carnosos y dulces que en verano estaban al alcance de tu mano o de tu capacidad para trepar por él. Los pinares trabuqueños que cosen las faldas de sus coquetas sierras. Los tilos decadentes y los plátanos de sombra hospitalarios del balneario de Alhama de Granada. Y los olivos, siempre los olivos, a los que nos llevaba mi padre un domingo que para él era un día más de recolección, pero que para nosotros era un excursión campestre donde había mucha gente, tractores, fardos, varas, junto a unas vías de tren en la estación de Riofrío.

Y me hice mayor, y comencé a escribir artículos para prensa. Y curiosamente el primero de todos, al que siempre se le tiene un especial cariño, se tituló ‘A un álamo negro hendido por la grafiosis’: era un canto de dolor por todos los álamos que morían en sitios tan importantes para mí como la Alhambra y los Alazores.

Y me di cuenta que con veinte años ya echaba de menos mi infancia, porque los primeros árboles que planté fueron un abeto, como el que se adornaba en la plaza de mi pueblo en Navidad; un tilo y un plátano de sombra, como los del balneario; y un olivo centenario que fue salvado de su propia extinción y que en el traslado perdió uno de sus dos pies: un olivo, siempre un olivo.

Y nació mi hijo coincidiendo con las Olimpiadas de Atenas, y se plantó en su honor un victorioso y mitológico laurel. Y nació mi hija después de que quisieran que no viviera, y comenzó a crecer con dedicatoria un ciprés enhiesto que venció a la muerte.

Y viajé por el mundo, y me impresionaron los bosques urbanos, recios y civilizados, de un frío Madrid. Un Madrid que me sorprendió con casi todas sus calles arboladas: porque siempre lo digo, la calle más fea del mundo, si se flanquea con árboles, inmediatamente deja de ser la más fea. Un Madrid con su Parque del Oeste, su Ciudad Universitaria, su Casa de Campo y su Retiro; con un maravilloso y antiguo jardín botánico donde estaban todos los árboles del mundo, y donde después se incorporarían, gracias a la colección de un presidente de gobierno, la réplica de todos esos árboles en miniatura.

Y más tarde me fui a la coste este de los Estados Unidos, y lo primero que me viene siempre a la memoria son sus árboles amarillos, rojos y ocres en un otoño de ensueño, y me vuelvo a ver en una tarde caduca, en una cabaña en mitad de un bosque de colores donde suena un piano con una melodía de película. Otoños de arces y hayas. Y veranos en bosques de Hampshire y de Yorkshire que te hacen olvidar en calor sofocante de tu tierra, que casi te insultan con su orgullosa envergadura y su apabullante verdor. Y veranos en la Toscana que me llevan no solo a colinas con cipreses, sino que me trasladan también, sobre todo, a un monasterio de Monte Senario donde uno es capaz de escuchar el silbido silencioso del bosque antiguo.

Y definitivamente me convertí en un paseante que necesita árboles en su caminar, con mar o con montaña, en invierno o verano, en otoño o primavera, con lluvia o con niebla. Pinos, cipreses y acebuches en el Morlaco malagueño; ficus, algarrobos y robles de fuego en el Cementerio Inglés; jacarandas y naranjos en las calles sevillanas y malagueñas; olivos, quejigos, chaparros, fresnos, espinos, cornicabras y nogales en los Alazores.

Estaba llegando ya al vivero, había un árbol de Navidad de mentira en la puerta. Mala suerte, el encargado me dijo que se habían terminado los pistachos, que no llegarán hasta febrero.

Categoria: Otros |

Deja tu comentario

Please note: Se ha habilitado la moderación de comentarios