JEREMIAH JHONSON

21 de Junio del 2008 a las 10:34 Escrito por Jaime Aguilera

Acaba de fallecer el director de cine Sydney Pollack. Muchos lo recordarán por películas como Tootsie o Memorias de África. Yo, por el contrario, me voy a detener en otra menos desconocida y que, al igual que esta última citada,  es un buen ejemplo del buen cine que hizo el tándem Pollack-Robert Redford.
 Sin embargo, en Jeremiah Jhonson  el rubio galán no puede rodearse de guapas mujeres, sencillamente porque está más solo que la una en mitad de las montañas nevadas del oeste americano. Si bien eso no impedirá que se enamore de un joven india y que la convierta en su mujer.
  Y es que no lo puedo evitar, a mí las pelis de personajes solitarios en mitad del campo me gustan, por eso también me encanta “Un hombre llamado caballo” o la magistral “Derzu Uzala” de Kurosawa.
 Jeremiah huye de la guerra y se refugia en las montañas, quiere escapar de la violencia; pero se terminará encontrando con la desgarradora existencia de tener que malvivir en territorio hostil y enfrentándose –de nuevo la guerra- a los indios que asesinan a su mujer.
 Dicen que las películas o los libros que nos gustan es porque nos terminamos identificando con el protagonista o con alguno de sus personajes. Puede que sea verdad, porque uno termina siendo, o queriendo ser, un Jeremiah Jhonson que tiene el corazón limpio; que no le gustan las muertes estúpidas, que ama los ríos, el agua y la nieve; que lo que más valora en las mínimas e imprescindibles relaciones humanas es la lealtad y la buena fe (que en el caso de este film se manifiesta en el viejo trampero y en su bella y joven mujer). Eso sí, puestos a elegir, si me tocara vivir como Jeremiah no me gustaría tanto lío con los indios y un poquito más de “oda a la vida retirada” de Fray Luis de León.
 En definitiva, si en los periódicos aparece publicada la muerte de Pollack, a mi me asalta de deseo de volver a ver Jeremiah Jhonson –supongo que también como homenaje póstumo a este director-. De esta forma, podré volver a vivir durante más de una hora otra vida en la que soy un anacoreta contemplativo, enamoradizo: dejemos a un lado el hambre que pasa el pobre.

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