EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES

21 de Julio del 2016 a las 12:07 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Sur el 21/07/2016 

http://www.diariosur.es/opinion/201607/21/cartero-siempre-llama-veces-20160721012101-v.html

Es una mañana radiante de martes veraniego en Karelia del Sur, aunque aquí, en Finlandia, nunca se sabe, y en cualquier momento se estropea todo con una feroz tormenta. Acaba de llegar el cartero, pero no ha llamado dos veces, ni siquiera una: es más, no trae ninguna carta, ni siquiera de un banco. En la casa no hay nadie, no vendrá nadie hasta dentro de dos semanas. Ha atravesado el jardín y se ha ido directamente al cobertizo. Y como todos los martes desde hace más de un año, de nuevo ha sacado el cortacésped y al arrancarlo el ruido ha roto el silencio de la soleada mañana de martes.

Y es que en el servicio nórdico de correos -Posti- no salen las cuentan, y por eso, reinventándose una vez más, los carteros te llevan la carta y además, por módicos precios, están dispuestos a cortar el césped, preparar la comida, retirar la nieve de la entrada del jardín en el crudo invierno o limpiar la casa.

En mi infancia trabuqueña era de los pocos niños que no vivían en una casa, tanto es así que mi amigo Kiko, cuando me enviaba una carta o una postal desde Mataró, lo único que escribía en el destinatario era: ‘Jaime. Pisos’. Y llegaba. Bien es verdad que su tía, Estefanía, era la cartera de toda la vida. Es más, en la misma misiva aprovechaba el viaje postal y al lado del sello solía haber un «besos, tita».

Al cabo de muchos años, en una reunión con el director de Correos de Andalucía Oriental, cuando no sé cómo salió en la conversación mi pueblo, inmediatamente me sorprendió nombrando a la ya citada cartera: «El Trabuco, allí tenemos a la incansable Estefanía». Recuerdo que fue una conversación agradable y llena de nostalgia. Me habló del «comité de sabios» en lo que hoy es el Rectorado de la UMA: expertos que resolvían cartas con un nombre de pila erróneo, con un número de calle inexistente o con el nombre de la misma equivocado. Cartas que siempre, a pesar de los errores, llegaban a un destinatario que era conocido, que tenía esa relación cotidiana con el cartero. Incluso había aburridos que ponían a prueba a los funcionarios de Correos con jeroglíficos en las señas del anverso del sobre, o con escrituras criptográficas que eran todo un reto. Días después el amable director de Correos me hizo llegar una edición facsímil de estas cartas, tan curiosas que mi mujer las sigue enseñando en sus clases de paleografía en la universidad.

Todavía tengo guardadas todas las cartas que recibí en la pensión madrileña trasnochada de mi primer año de carrera universitaria. Eran misivas manuscritas de mis amigos del pueblo, cartas de mi novia de entonces que eran todo un regalo cuando me las daba el dueño de la pensión. No las abría inmediatamente, retardaba a propósito ese momento buscando una intimidad que me hiciera destilar el olor de las cuartillas, la letra inglesa escrita al borde del mar junto a una fotografía en un espigón de las playas paleñas. La vida la veía entonces a través de la rendija de un buzón. No sé si la vieja pensión seguirá abierta, pero lo que si estoy convencido es que los estudiantes de la Ciudad Universitaria ya no reciben cartas de amor o de amistad: el papel se habrá transformado en mensajes a través de una pantalla, que no se pueden ver a través de la rendija de un buzón, que no se pueden oler, que no se pueden tocar.

En España los envíos postales en los últimos años han bajado en más de doscientos mil, gracias a la revolución de Internet y a la competencia feroz de la mensajería privada. Aun así, Correos sigue siendo la mayor empresa pública con más de cincuenta mil trabajadores. Y menos mal que nuestros políticos se empeñan en mantener el decimonónico voto por correo, porque si la administración electoral estuviera a la misma altura que su hermana de Hacienda o la Seguridad Social ni siquiera ese reducto anacrónico estaría ya vigente.

Estefanía, como el cartero de la mítica novela de James M. Cain, y sin necesidad de un asesinato de por medio, siempre llamaba dos veces, y tres, si hacía falta, para traerme las postales con beso incluido de su sobrino. Ahora ya está jubilada, vive en una residencia de ancianos de la capital malagueña, y ahora son otros los que llaman dos veces para entrar en su habitación. Pero estoy seguro de que mis paisanas que la han sucedido en el puesto estarán dispuestas a seguir llamando dos veces en las puertas trabuqueñas, lo que sea con tal de seguir manteniendo su empleo: aunque sea para entregar una carta y -como en Karelia del Sur- preparar de paso un potaje de garbanzos.

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LAS BICICLETAS NO SON PARA EL VERANO

14 de Abril del 2016 a las 17:50 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 7 de abril de 2016

http://www.diariosur.es/opinion/201604/07/bicicletas-para-verano-20160407004600-v.html

Me dirigía hacia el trabajo en bicicleta cuando me crucé con ellos. Seguramente acababan de desembarcar temprano, en alguno de los cruceros que llegaban todavía casi de noche, con las luces de colores azules encendidas, entrando lentamente por la bocana del puerto. Me llamó la atención que no pararan de tomar fotos en contra de la dirección que yo llevaba. Por eso giré la cabeza hacia lo que estaban fotografiando. Ahora lo entendía: en ese momento, a mis espaldas, amanecía sobre el horizonte de una mar antigua, comenzaba a emerger sobre las aguas saladas el círculo fulgurante de luz anaranjada. No había duda, era todo un espectáculo, un renacimiento serenamente inmenso. Me sentí un privilegiado: porque ellos lo fotografiaban como el primer momento estelar de la visita a una ciudad desconocida; sin embargo, para mí era la instantánea que se repetía día tras día, como una bendita rutina, camino de la oficina, encima de mi bicicleta.

Cualquier malagueño que haya visitado Holanda, un país báltico, o cualquier territorio centroeuropeo, habrá podido observar la cantidad de bicicletas aparcadas o circulando por todos lados, a la salida de la estación de ferrocarril, por el centro, por las universidades. Abuelos, padres y madres con sus hijos en remolques o en sillitas, estudiantes, trabajadores. Da igual el tiempo que haga, con sol o con lluvia, con niebla o con frío, a veces incluso con nieve.

Y sin embargo, paradójicamente, con un clima que ya quisieran para ellos los ciclistas nórdicos o centroeuropeos, a nosotros nos sigue costando incorporar la bicicleta en nuestros movimientos urbanos diarios: preferimos el coche o la moto (eso sí, esta última también la dejamos en casa los cuatro días que llueve, provocando claro está el típico atasco malagueño). Y lo peor de todo, no cogemos la bici arguyendo algunas veces prejuicios sociales rancios y trasnochados. Todavía recuerdo las recriminaciones de mi compañero de despacho en cuanto llegaba por las mañanas a mi primer destino sevillano: «un abogado de la Junta no debe venir al trabajo en bicicleta, es algo impropio y le quita categoría».

Curiosamente fue en Sevilla donde comenzó la oleada que, años después de aquella recriminación, afortunadamente sacó las bicicleta, a pesar de ‘la caló’, a la calle. Y le siguió Córdoba, Granada y por fin Málaga. Se comenzaron a construir y delimitar carriles bici, se instauraron servicios públicos locales de préstamo de bicicletas, algunos incluso gratuitos -cosa que ocurre en muy pocos sitios-, como el de Málaga. Precisamente una de las mañanas usé este servicio ‘de gorra’ desde el Morlaco: cuando llegué a la Acera de la Marina y entregué mi bicicleta felicité por la iniciativa al empleado que estaba reponiendo otra en el punto de acceso de al lado. Me miró extrañado y con cara de incrédulo. Porque, por desgracia, en Málaga no estamos acostumbrados ni a las bicicletas ni a dar las gracias a un empleado público.

Dar un paseo en bici por los paseos marítimos malagueños, por el Palmeral de las Sorpresas, por el Muelle Uno, o por las calles sin coches del centro histórico es un gozo para el cuerpo y para la mente. La vista se recrea al compás del movimiento de las piernas, la brisa marítima te acaricia la cara mientras tu nariz destila el salitre del Mediterráneo. Es como si de pronto de convirtieras en un director de cine que está haciendo un travelling armónico y sosegado que te hace amar más la ciudad en la que vives.

Cada vez hay más paisanos que se animan a sentarse encima de un sillín. Pero queda mucho por hacer. Todavía sigo sin entender -quizás porque es el trayecto que más repito- como no hay un carril bici entre el Morlaco y el puerto; y muchísimos más que todavía quedan pendientes. Y muchos más puntos de aparcamiento en toda la ciudad, y muchos más puntos de entrega y recogida de las bicicletas blancas y azules del servicio público. Y lo más importante, que aprendamos a convivir ciclistas y peatones, conductores y ciclistas, cada uno por su sitio, y Dios en el de todos para que no ocurran accidentes indeseables.

Después de veinte años seguiré acudiendo al trabajo en bicicleta, por mucho que todavía queden algunos que lo consideren como algo que ‘quita categoría’, seguiré dando las gracias a los empleados por un servicio público de bicis que presta eso, un servicio. Y seguiré fotografiando en mi memoria agradecida los mismos amaneceres que graban en sus cámaras digitales los cruceristas. Lo haré todos los meses, con el frío húmedo y con el terral, con sol y con lluvia, con levante y con poniente, de noche y de día.

Porque en Málaga tenemos la suerte de que las bicicletas no son para el verano: son para todo el año.

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QUÉ VIENEN LOS TARTAROS

27 de Enero del 2016 a las 13:16 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 13/01/2016

http://www.diariosur.es/opinion/201601/13/vienen-tartaros-20160113002525-v.html

Lo primero que íbamos a ver en nuestro fugaz y vespertino paseo por Nantes era el museo dedicado a su paisano Julio Verne. Se programó como una visita pensada más para mis hijos que para mi mujer y yo. Sin embargo, en el último minuto, metí en mi maleta mi primer libro: un ‘Miguel Strogoff’ editado por Toray en 1977 que me regaló mi tío Paco y que devoré dos años después en el balneario de Alhama de Granada, al mismo tiempo que aprendía por fin a atarme los cordones de los zapatos.

Disfrutamos al llegar a Nantes del mirador sobre el Loira, de la estatua del pequeño Verne y de la estatua del capitán Nemo mirando hacia los antiguos astilleros, hacia los barcos que recorrían el río navegable camino de cualquier parte del mundo. Disfrutamos también recorriendo las habitaciones del museo. Para mis hijos la estrella fue todo lo relacionado con el ‘Nautilus’ y sus veinte mil leguas recorridas bajo el agua. Para mi mujer, los documentos históricos en vitrinas y la sorpresa de la biografía no tan afortunada del escritor. Para mí, la estrella fueron todas las escenas del correo del zar hechas con cartón y coloreadas: un ‘Michel Strogoff au théâtre’ que pasó a ser el fondo de pantalla ideal para que me retratara, como un niño más de 45 años, con mi ejemplar de ediciones Toray en las manos.

No sólo paseé mi primer libro, también lo volví a leer de nuevo: en el aeropuerto, en el avión y, sobre todo, cuando todos estaban dormidos en el hotel. Volví a recorrer el Volga, los Urales, la estepa siberiana…, solo que ahora, más de treinta años después, ya no me enamoré tanto de Nadia, ni sufrí tanto en el momento en el que los tártaros -y los traidores- dejan ciego a Miguel Strogoff; ni me alegré tanto sabiendo que era solo una desgracia temporal. Supongo que con esta tardía y reiterada lectura disfruté más recordando sobre todo la primera, la virginal, la que quedó marcada en mi memoria para toda la vida con el mismo sable ardiente con el que cegaron los ojos del correo del zar.

Más allá de lo anterior, me di cuenta de la importancia de Julio Verne. Me di cuenta de que la lectura de sus novelas en mi infancia fue clave para mi pasión por la lectura, para mi vocación de servicio público, para pensar locamente que no hay nada imposible, o incluso para mi deleite con el cine o con los viajes. Porque quizás el Vázquez del ‘Faro del fin del mundo’ me dejó tan estupefacto que quería seguir leyendo más y más; porque cuando hice mi ‘interrail’ quizás lo único que estaba haciendo era jugar a ser un Phileas Fogg de pacotilla en ‘la vuelta a Europa en treinta y un días’; porque las aventuras del capitán Nemo o del doctor Fergusson no eran quizás sino las primeras ‘road movie’ que estaba visionando con mi imaginación sin saberlo; porque los hijos del capitán Grant, o el otro capitán que solo tenía quince años, me dejaron claro que en la vida hay traidores y compañeros, gente dispuesta a hacer cosas por el bien de todos y gente que sólo piensa en su ombligo.

Justo al acabar de leer por enésima vez mi ‘Miguel Strogoff’, en la habitación del coqueto hotel de Rennes, a las ocho de la mañana, me conecté a las noticias en Internet: leí que el presidente de la República Francesa había declarado el estado de emergencia y había cerrado todas las fronteras para impedir la fuga de los criminales. La noche anterior ya habíamos regresado al hotel con estupor, viendo cómo los franceses miraban en la televisión los atentados en París, sin dejar de escuchar la sirena de los coches de policía cada cinco minutos. Y ahora estaba amaneciendo, mi familia dormía todavía, teníamos que coger el avión de regreso a España en unas horas y no sabía si el cierre de fronteras afectaba a nuestro vuelo. La zozobra silenciosa, la rabia y la impotencia fueron invadiéndome.

De nuevo volvía a estar presente en mi vida una novela de Julio Verne, porque en ese momento, en el silencio de una amanecida de miedo y de luto, por un instante pensé que el mundo no ha cambiado, que siguen apareciendo tártaros dispuestos a sembrar el pánico y la sinrazón, que seguimos necesitando a héroes como el correo del zar para que venza la dignidad humana.

Prometo que solo fue un instante, supongo que un trastorno mental transitorio derivado de las coincidencias: durante unos segundos la que dormía no era mi mujer sino Nadia, y junto a ella los dos hijos nacidos después de nuestra boda en Irkutsk. Durante unos segundos fui un Miguel Strogoff -todos lo somos- dispuesto a defender como sea mi familia, dispuesto a luchar contra el mal, contra unos tártaros que ahora dicen llamarse Estado Islámico.

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LÁGRIMAS DE NOVIEMBRE

4 de Noviembre del 2015 a las 19:14 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado el 3/11/2015 en Tribuna de Sur bajo el título “El Cementerio Inglés”

http://www.diariosur.es/opinion/201511/03/cementerio-ingles-20151103005619-v.html

Hace unos días, en la presentación del libro de Rafael Torres sobre el Cementerio Inglés, libro que -dicho de paso- recomiendo fervorosamente, le pregunté, allí mismo, en la capilla anglicana del propio camposanto:

-Rafael, tengo una curiosidad: ¿por qué viniste a visitar este lugar?

-Bueno, verás, tengo una costumbre: cuando llego a una ciudad, lo primero que visito es un mercado y un cementerio. Cuando vine a Málaga, escogí el mercado de Huelin y, como no podía ser de otra manera, este cementerio.

Y yo que le dije que tanto mi mujer como yo, juntos o por separado, teníamos una costumbre parecida. Porque si llegábamos a una urbe o un pequeño pueblo, entre las primeras y destacadas visitas estaba siempre el sitio donde entierran a sus muertos. Sé que quizás no es lo más habitual, pero sé -como hace Rafael- que no somos ni mucho menos los únicos. Es más, días después, escuché al profesor Rodríguez Marín hablar del llamado ‘necroturismo’ que, como su nombre indica, está vinculado a recorridos turísticos por cementerios singulares y que, al parecer, cada vez reúne a más adeptos entre sus filas.

Sea como necroturista, o quisiera pensar mejor como viajero que juega a ser romántico, me recuerdo a mí mismo cuando deambulando yo sólo, a más de nueve mil kilómetros de distancia, paseé por el elegante cementerio de La Recoleta de Buenos Aires. O cuando en el viaje de novios nos gustaba andar por los cementerios abiertos y ajardinados de cualquier sitio de Escandinavia. O como cuando llegamos a París, mi mujer y yo también, y no fuimos a ver la torre Eiffel, sino las calles arboladas del cementerio de Pere Lachaise. O como cuando llegamos a Venecia y cogimos el vaporetto, pero no llegamos hasta Murano, nos quedamos en la mágica isla cementerio de San Michele. O como cuando me escapé unos minutos de mis amigos del ‘Interrail’ para visitar por segunda vez el cementerio judío de Praga. O como cuando los cuatro, incorporando irremediablemente a los hijos a la tradición familiar, nos hicimos amigos de la monjita que regentaba en solitario el cementerio inglés de Florencia, bello aunque rodeado de demasiado tráfico. O como cuando fuimos a la Serranía de Ronda y terminamos en el cementerio de Gaucín, o como cuando fuimos a la Subbética cordobesa y terminamos en el de Iznájar…

En fin, tantos y tantos cementerios… En Europa o en América; en el pueblo de al lado o al otro lado del océano; judío, católico, ortodoxo griego o protestante; pequeño o grande… Los cementerios invitan a pasear sin prisas, sin necesidad de hacer fotos para cubrir el expediente como un japonés estresado, sin necesidad de decir que yo ya he estado allí. Invitan a disfrutar de un espacio único de la ciudad, de un lugar que te hace conocer de primera mano cómo han sido, y siguen siendo, los habitantes que tienen allí a sus familiares y allegados.

Pero todo viajero vuelve siempre a casa, y ese hogar, en el tema que nos ocupa, se llama Cementerio Inglés de Málaga. En un domingo de invierno o en un concierto de jazz en verano, de día o de noche, con sol o con lluvia, con perro o con pipa, con niños y sin niños. Cada momento te ofrece un placer distinto para disfrutar por un jardín nada ordenado, bellamente caótico entre los bancales que miran al mar. Te hace repasar la historia de tu ciudad, la historia de tantas vidas apasionantes que terminaron con sus huesos allí, después de darlo todo por la ciencia, por el arte, por ideas románticas y descabelladas. Te hace pensar, también, que hay que vivir intensamente, porque todos tenemos un cementerio inglés esperándonos en la certeza del final.

Paseando por él sientes también la rabia y la impotencia de saber que con la ayuda institucional, y con muy poco dinero en comparación con otros proyectos culturales tan millonarios, se podía adecentar un lugar que representa como nadie la historia de los dos últimos siglos de la ciudad, que representa como nadie su esencia abierta y cosmopolita, que podría representar como nadie la punta de lanza del cada vez más pujante necroturismo, que podría representar como nadie lo que cantaban siempre por malagueñas de la bella ciudad como un «jardín lleno de flores y a la orillita del mar».

Estamos en noviembre, el mes de los muertos. La predicción del tiempo anuncia para mañana abundante lluvia. Será el momento ideal para pasear por el viejo cementerio de los ingleses, para beber las palabras de María Victoria Atencia escritas en él y emocionarse con las «las lágrimas de noviembre que calarán la ternura» de los vivos, y de los muertos.

La predicción meteorológica anuncia que mañana lloverá. Espero y confío en que las lágrimas de noviembre calen la ternura de los vivos, de los muertos, y de más de un responsable institucional.

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REFUGIADO DENTRO DE SEPTIEMBRE

30 de Septiembre del 2015 a las 11:27 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en  Tribuna de Diario Sur el 29-09-15: 

 http://www.diariosur.es/opinion/201509/29/refugiado-dentro-septiembre-20150929003848-v.html

Abro el periódico. Las páginas de todas las mañanas de septiembre están manchadas con la sangre, el sudor y las lágrimas de los refugiados que esperan agazapados en las fronteras de la vieja Europa, huyendo del miedo, huyendo de la muerte. Pero, tranquilos, no voy a ofrecer la enésima solución de tertuliano al respecto: entre otras cosas porque solo hay una y es utópica, porque no hay refugiados si no hay guerra. Y si no queremos intervenir con muertos europeos encima de la mesa (porque no hay petróleo de por medio); y si, por tanto, el conflicto es inevitable, entonces es Europa quien debe ir en busca de los refugiados, y no al revés; es Europa quien debe acoger a quien lo necesita desde la misma Siria, y no desde el muro de la frontera húngara y con mafias de por medio.

Pero he prometido no hablar de lo que todo el mundo habla en este septiembre. Me he prometido a mí mismo, y ya lo estoy incumpliendo, no hablar de refugiados en septiembre sino, simplemente, de septiembre.

Tierra mojada. Huelan conmigo. Cierren los ojos. Disfruten durante solo unos segundos de lo que, estoy seguro, es también uno de los olores de su infancia, de su memoria más agradecida. La primera lluvia llega con septiembre, y con ella deja el primer reguero aromático de un campo segado en el Trabuco, una tierra que vuelve a exudar olor de vida para nuestro deleite, lo mismo que un pinar en El Morlaco malagueño cuando abre sus brazos a una gota de lluvia que es mensajera del incipiente otoño. Olores de septiembre, como el de los libros del colegio recién comprados y abiertos por primera vez, no para leerlos sino para meter la nariz y aspirar, aspirar con los ojos cerrados, y seguir después oliendo la goma de borrar, y el plástico para forrarlos. Más de un niño echará de menos este ritual mientras espera junto a sus padres en la alambrada de la soñada Europa, sin saber siquiera sin este año irá al colegio.

O el sonido lejano de la orquesta. Este es, para mí, una de las piezas principales de la banda sonora de septiembre. Y lo mismo les ocurrirá a todos a aquellos que celebren las fiestas de su pueblo en este mes. Volver a ver a amigos, bailar pasodobles o lo que toque hasta que llegue la madrugada. Llegar a casa cansado y cerrar la ventana porque ya hace frío, refugiarse entre las sábanas mientras sigue sonando la orquesta, a lo lejos, como un rumor convertido, septiembre tras septiembre, en nana improvisada para adultos que siguen queriendo ser niños. Pero no puedo evitar, lo intento pero no puedo, pensar qué orquesta de su pueblo escucharán los adultos que intentan dormir algo en una tienda de campaña prestada, junto a su familia partida en dos, esperando un papel en lengua extranjera que les deje pasar el puesto fronterizo, escuchando lejos, no el rumor de la música de su memoria sino el crepitar de las ruedas de un tren en el que todavía no han podido subir.

La luz de una tarde de playa. Los que tenemos el privilegio de vivir todo el año en el paraíso de la luz y la placidez esperamos, egoístas e impacientes, a que se vayan las aves migratorias vacacionales, las que han inundado las playas en agosto y ya han vuelto a sus cuarteles de invierno. Es entonces cuando volvemos de las montañas, cuando salimos de nuestro escondrijo y nos vamos, solos o en familia, a disfrutar de una playa semivacía donde ya hay más vecinos que extraños, donde el agua del mar todavía mantiene la temperatura adecuada, donde la brisa ya no es canícula y donde, sobre todo, la luz es única. Faulkner adoraba la luz de agosto, Guillén la luz del mediodía malagueño en el paseo de Melilla, a mí me subyuga la luz de la playa en una tarde de septiembre, una luz tibia, que transita entre la claridad cegadora y el ocaso, entre las ínfulas del verano y la humildad del otoño. Y lo intento pero no puedo, no puedo pasear por la playa sin que la imagen de Aylan Kurdi en la playa turca se anteponga en mi retina. Porque esa misma luz de septiembre que me dulcifica y este mismo mar Mediterráneo que me acaricia han dejado varado, para siempre, a este barquito de vela que comenzaba a navegar.

Y septiembre llega a su fin. Y miles de personas siguen llamando a las puertas del asilo del próspero y educado Occidente mientras yo vuelvo a pedir un asilo, que ya tengo concedido de antemano, en la mano hospitalaria de un septiembre más, y ya van unos cuantos. Y mientras miles de personas son refugiados en el mes de septiembre yo soy, por fortuna, otro año más, un refugiado agradecido en el seno maternal y cálido de este mes prodigioso. Soy un refugiado no en, sino dentro de.

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EL “CLICK” DE LA IMAGINACIÓN

9 de Julio del 2015 a las 8:49 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur el 6/07/2015

http://www.diariosur.es/opinion/201507/06/click-imaginacion-20150706003046-v.html

Recientemente murió un hombre que no era ni político, ni actor de cine ni jugador de fútbol. Este señor tenía una fábrica en una ciudad alemana de nombre impronunciable y se llamaba Horst Brandstätter. Sí, sé que posiblemente con estos datos seguirá siendo para usted, amable lector, un desconocido. Sin embargo, si remato la información describiéndolo como el creador de los ‘clicks de Playmobil’ -es España también llamados de ‘Famobil’-, los mismos que nos acompañaron en la infancia a más de uno, entonces sí que reconocerán ya, por fin, a alguien que era más conocido para muchos, niños y mayores, en todo el mundo, como ‘Papá Playmol’.

La noticia ha removido en mí las brasas dormidas, pero nunca apagadas del todo, de una infancia que siempre vuelve, quizás porque sea la única y verdadera patria que ya nos anunciaba Rilke. Mi memoria agradecida ha vuelto a saborear, relamiéndose en las cenizas de un paraíso no perdido del todo, el bote grande de detergente ‘Colón’ que me servía para guardarlos (porque éramos ecologistas sin saberlo). He vuelto a revivir el ritual previo de juntarnos los amigos para diseñar, vestir y colocar todas las figurillas: indios, vaqueros, piratas, enfermeras y policías, todos revueltos en el valle de una antigua cochera cuyas montañas eran sacos apilados de matalahúva. Jugábamos en casa, en la calle o en el campo: recuerdo perfectamente dos ‘motoristas’, verdes y blancos, como la Guardia Civil, que tenían como misión para salvar a la humanidad controlar el paso por el puente más grande del mundo, un puente sobre un río amazónico que no era otra cosa que la humilde acequia de una huerta.

Y mi diligencia. No la película de John Ford que después analizábamos en como cinéfilos en la Ciudad Universitaria de Madrid. No: era una diligencia mucho más sencilla, una diligencia roja tirada solo por dos caballitos de plástico. Porque para muchos niños fue el barco pirata (se calcula que se han fabricado más de 16 millones de estas embarcaciones con la bandera de las tibias y la calavera); sin embargo lo que a mí me trajeron los Reyes Magos fue una sencilla diligencia que tuvo que actuar en varias épocas de la historia, porque además de indios y vaqueros, transportó a soldados imperiales y a médicos de urgencia, porque los mismos motoristas del río amazónico tuvieron que abandonar su puesto para escoltarla ante el acecho de los piratas. Hace un par de años, las inundaciones que hubo en mi pueblo, en el Trabuco, se llevaron todos los juguetes que había en el sótano. Sólo se salvó, in extremis, rescatada entre el fango, la Nancy de mi hermana. Sin embargo, mi diligencia de los ‘clicks’ se perdió para siempre, como el trineo de Ciudadano Kane.

Menos mal que antes le había dado los ‘clicks’ que conservaba a mi hijo. Lo hice con todas las armas, cascos y petos metidos en una lata de carne de membrillo de Puente Genil. Tengo que reconocer que me hizo más ilusión a mí donarlos, que a mi hijo recibirlos. Pero al menos comprobé con gozo que había un juguete que unía a dos generaciones.

Porque los ‘clicks’ se siguen fabricando. Actualmente se fabrican 100 millones de ‘clicks’ al año, todos en la planta que la empresa tiene en Malta. Eso son 3,2 ‘clicks’ cada segundo. De hecho, en la última edición que organizamos del concurso de minitronos en el colegio Parque Clavero, el ganador, con todo merecimiento, fue una Santa Cena malagueña, con trece ‘clicks’ encima, disfrazados de Cristo y apóstoles, y muchas ‘clicks’ haciendo un pulso como reinvidicativas mujeres de trono.

Y es que todo es posible con varios ‘cliks de famobil’: muñequicos de 7,5 centímetros de altura divididos en siete partes, sin rodillas, sin codos, teniendo siempre la misma expresión en la cara. Decía nuestro ya difunto Papá Playmol que «un adulto no se impresiona con la figura de un ‘Playmobil’, porque es muy simple, su atractivo está en las historias que provocan en la imaginación de los niños, que es infinita».

Desde 1974 se han fabricado más de 2.800 millones de ‘clicks’. Si todos ellos se hubieran puesto de acuerdo para hacer una fila y dar el pésame a la familia biológica de su Gepetto particular, la cola que se hubiera formado habría dado 3,4 veces la vuelta al mundo.

Y seguramente la línea del Ecuador terrestre también se hubiera quedado corta si hubieran dado el pésame los millones de niños que juegan, o que alguna vez han jugado, con un ‘click’ en la mano. Un ‘click’ que no hace sonar una tecla de móvil ni de ordenador, un ‘click’ que no está escrito en ninguna pantalla, un ‘click’ que sólo depende de una imaginación efervescente para que comience a funcionar durante muchísimos años, incluso generaciones; eso sí, una vez activado el funcionamiento de este ‘click’, sus pantallas de juego son infinitas.

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PINCHANDO EN HUESO CON CERVANTES

27 de Abril del 2015 a las 11:13 Escrito por Jaime Aguilera

Publicado en Tribuna de Diario Sur 27/04/2015

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Hace un año murió Gabriel García Márquez. Ese día hojeé de nuevo una recopilación de cuentos de Gabo que compré en La Habana. Y ese mismo día también puse en la mesilla de noche una de mis novelas preferidas del colombiano: “El amor en los tiempos del cólera”. Me di cuenta de que había pasado más de un cuarto de siglo desde que la compré y la leí: y el tiempo no había pasado en balde por la edición del Círculo de Lectores. En sus páginas iban apareciendo manchas de humedad amarillentas que lo convertían en un ejemplar único, en un amigo que me había acompañado por distintas habitaciones y ciudades. El continente, al envejecer junto a mí, había cobrado vida propia y se había fundido mágicamente con el contenido: tenía delante de mí casi un escenario mitológico, con un Mediterráneo lleno de gallinazos y un Caribe donde se adoraban a los espetos asardinados. Volví a leer la novela y disfruté de nuevo y de forma distinta, como sólo es posible con una obra maestra que se sedimenta y se metamorfosea con la lluvia de los años y de la memoria agradecida. Para que luego digan que es mejor un libro electrónico, que nunca te acompañará ni envejecerá contigo.

Era mi homenaje íntimo y póstumo a Gabo; el mismo que defienden muchos a raíz de los huesos encontrados y atribuidos a Cervantes en el convento de las Trinitarias de Madrid. El único tributo al genio de Lepanto consiste en leer sus obras, no en remover sus huesos, proclaman muchas voces autorizadas y académicas –algunas de ellas en este mismo periódico. Y yo digo que caben las dos cosas, que no son incompatibles sino complementarias, que honramos la memoria de Don Miguel volviéndolo a leer y erigiendo un sitio visitable en el lugar donde reposa el hipotético “polvo enamorado” que nos queda de él. ¿Por qué no?

En este país de “criticones” nos laceramos todos porque todavía no hemos encontrado los restos de García Lorca abandonados “vilmente” en el barranco de Víznar. Durante siglos hemos practicado el deporte nacional del sarcasmo, de la envidia y autodefenestración por no tener un lugar de peregrinaje como tienen los angloparlantes con la iglesia shakesperiana de Stratford Upon Avon o con la Abadía de Westminster. Nos hemos mortificado por tener ilocalizables, o en fosas comunes a poca distancia unas de otras, lo que queda de los genios de nuestro Siglo de Oro universal: Cervantes, Lope de Vega o Calderón de la Barca. Nos hemos molido a palos los unos a los otros echándonos en cara que hemos extraviado, que no hemos buscado y encontrado estos históricos y mitificados huesos. Y ahora que nos ponemos a la faena y nos acercamos a cajas de madera con las iniciales M. C. resulta que hacerlo también era una solemne tontería. No hay quien entienda a este país.

Parece ser que es casi una blasfemia remover los osarios y pretender montar un “circo turístico” con un monumento que ni siquiera puede demostrar científicamente con el ADN que efectivamente eso es lo que queda de Cervantes y su mujer. ¿Y por qué no?

Siempre que puedo me gusta alojarme en el barrio de las Letras madrileño: me gusta pasear por el hedor castizo y fariseo de las mismas calles por las que vivieron, escribieron, se enamoraron y murieron los genios a los que admiro. Y no dudo de que más de uno se quiera aprovechar, y se aproveche, de un tirón turístico de lo que hasta ahora era el tranquilo convento de clausura donde se enterró a Cervantes por no tener dinero. Y ya sé que tampoco podemos asegurar a ciencia cierta que los huesos escogidos sean los mismos que dieron vida al caballero de la triste figura. Pero, en el fondo, qué más da. Es más, utilizando el mismo argumento de que lo único que se puede hacer para honrar la memoria de Cervantes es leer su obra, si con este “invento funerario” se consigue que alguien, de cualquier parte del mundo, que acuda a visitarlo lea, aunque sólo sea un fragmento, la obra cervantina: si ocurre eso, el dinero gastado y el “montaje” visitable ya estará justificado.

Cualquier excusa es buena, yo mismo tuve que escribir una novela sobre un biógrafo maldito de Cervantes para leerme completas, por primera vez, y con más de cuarenta años, las aventuras de nuestro ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Utilizando el argot taurino, para algunos, hemos pinchado en hueso con toda esta historia de la búsqueda de los restos de Cervantes. Y yo digo que pinchando los huesos cervantinos ni mucho menos hemos pinchado en hueso, porque habrá más de uno que por sus supuestos huesos se convertirá en un huesudo lector.

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GUERRA CONTRA LAS FALTAS DE “HORTOGRAFÍA”

15 de Abril del 2015 a las 18:26 Escrito por Jaime Aguilera

 http://www.diariosur.es/opinion/201503/26/guerra-contra-faltas-hortografia-20150326001938-v.html

No recuerdo los años que tenía cuando leí el bando del alcalde en una calle de mi pueblo, pero sí recuerdo que me llamó mucho la atención: “Se ase saber…”. El seseo cordobés del Trabuco y, supongo, la falta de lecturas placenteras con muchas haches habían delatado al paisano redactor municipal.

Yo me ruboricé al verlo, pero no hice nada. Ahora bien, si en ese momento hubiera pasado por allí un guerrillero de Acción Ortográfica Trabuqueña la corrección, para escarnio público del funcionario infractor, hubiera sido inmediata. Al igual que están haciendo en las calles de Madrid, Quito, Bogotá o Ciudad de México. Y es que es curiosa esta iniciativa rebelde que ha sacado a la calle guerrillas urbanas que recorren las ciudades impartiendo justicia ortográfica. Al contrario que otras bandas que delinquen y que atacan el orden establecido, estas tribus persiguen justamente lo contrario, que las empresas o, peor aún, las instituciones públicas cumplan con las normas que ellas mismas pretenden que cumplamos. Resulta casi una actitud paradójicamente transgresora que algunos, con la espada del grafiti como única arma y la corrección académica como única bandera, irrumpan contra las imperfecciones del sistema. Se hacen llamar Acción Ortográfica o Unión de Correctores. No están dejando títere sin acento en la cabeza de su primera vocal, y han despertado tanta admiración en mí que me estoy planteando seriamente militar clandestinamente en su facción malagueña.

Porque años después que me “isieran” saber en mi pueblo el bando municipal, el destino quiso que tuviera que escribir muchos textos administrativos y literarios. En uno de ellos, en la última novela –“El criado que descubrió a Zervantes”- algunos se extrañaron de que hubiera una clamorosa falta de ortografía en el título. Es obvio que lo hice adrede, precisamente para llamar la atención del anónimo lector, y precisamente también para poner el acento –nunca mejor dicho- sobre la importancia de la ortografía, e incluso sobre la posibilidad de otras ortografías más sensatas.

Dicen los de Acción Ortográfica de Quito que todo comenzó con un grafiti callejero que tenía tantas faltas de ortografía que no se entendía. De esta forma, “Para qué y porque mi amor por ti por mi lo siento…” pasó a ser “¿Para qué y por qué, mi amor? Por ti, por mí, lo siento…” Porque llevan razón los hermanos ecuatorianos, porque efectivamente los signos de puntuación, de exclamación y de interrogación son fundamentales para transmitir con eficiencia y belleza el mensaje, con la pausa y la cadencia necesarias.

Porque la ausencia de una coma convierte un grito (“No me callo”) en un silencio (“No, me callo”).

Y lo mismo sucede con los acentos borrados injustamente de todas las mayúsculas: una ignominia demasiado extendida que convierte, por ejemplo, una academia de idiomas (“ACADEMIA DE INGLÉS”) en una extraña academia anatómica (“ACADEMIA DE INGLES”). De ahí que con toda justicia poética uno de estos grupos, el autodenominado Acentos Perdidos centre su cruzada ortográfica en esta epidemia cultural en contra de las diminutas tildes.

Por otro lado, todo lo anterior no quita que no nos podamos plantear algunos cambios ortográficos. Ya lo defendía así el protagonista histórico de mi novela –Bartolomé Gallardo- en su “Ortografía” de principios del XIX. En sus conclusiones concibió una zeta con todos los sonidos vocálicos, y honrar así, de forma más unificada, la lengua de su amado “Zervantes”. Porque, por los mismos motivos, no tiene mucho sentido que una misma oclusiva se pueda escribir con tres letras distintas, la “c”, la “q” y la “k”: “que” en esto el “castellano” es “casi” un “kiosco”. Por eso proponía también eliminar, como ya hicieron nuestros primos italianos, todas las haches mudas iniciales. Por no hablar de heridas “aviertas” innecesariamente en nuestras escolares, que no entienden por qué palabras que suenan igual se escriben arbitrariamente con “b” o con “v”.

En definitiva “la guerra abierta y zervantina contra las faltas de hortografía” debe de tener este doble sentido: el que todos nos tomemos consciencia de la importancia de escribir con corrección, porque sólo así transmitiremos nuestro mensaje con la pausa, la hondura y la eficacia necesarias, para que cale así tanto a nuestra inteligencia efervescente como a nuestra alma ávida de belleza. Pero al mismo tiempo sin que ello nos lleve a abandonar nuestro espíritu crítico y abierto a nuevas formas de comunicación, nuevos tiempos para una lengua como la castellana que nunca ha dejado de estar viva, en constante movimiento, y que por ello no debe renunciar a códigos que la hagan más sencilla, más coherente y más entendible.

Ese al menos ha sido el humilde objetivo de esta Tribuna. Ese, y otro más inconfesable: evitar que los de Acción Ortográfica, corrijan el título de mi novela en cualquier biblioteca o en cualquier librería. Menudos son ellos.

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UNA NUEVA TRANSICIÓN, YA

2 de Marzo del 2015 a las 19:10 Escrito por Jaime Aguilera

http://www.diariosur.es:80/opinion/201503/01/nueva-transicion-20150301005121-v.html

Hace un tiempo, con ocasión de la muerte de Adolfo Suárez, aproveché esta tribuna para elogiar la figura del abulense y, por extensión, la del periodo al que ya va unida esta figura y que todos conocemos como la Transición. Tras leerlo una buena amiga, profesora de la Universidad Carlos III y también articulista a la sazón, me contestó que no sacraliza para nada la Transición. Paso a contestar.

No pretendo sacralizar la Transición hasta el punto de no admitir que no tuvo defectos. Ahora bien, estoy dispuesto a defenderla frente a los muchos arribistas dispuestos a firmar su certificación de defunción, precisamente para usarlo como certificado de nacimiento de un “nuevo amanecer”: miedo me dan, solo hay que acudir a la historia, los que se convierten en demiurgos mesiánicos de nuevos periodos históricos, los que se erigen en matronas de una nueva criatura que casi siempre termina convirtiéndose en un muñeco totalitario confeccionado a su medida.

Es cierto que el contexto se lo ha puesto fácil: la muerte de Suárez, la abdicación de la otra gran figura de la restauración democrática, el rey Juan Carlos, el órdago secesionista catalán, el deterioro de la vida pública y la profunda crisis económica han sido el caldo de cultivo ideal para alimentar la idea de que algo nuevo es necesario, un nuevo día que insufle esperanza frente a la noche oscura a la que nos somete “la casta política”.

Pero la rabia del indignado, de la que también soy partícipe, no nos debe cegar la perspectiva. No debemos olvidar el hecho de que defienda la memoria de una Transición que, entre otras cosas, me permite escribir esta Tribuna con total libertad.

Ahora bien, eso no quiere decir que esté de acuerdo con la situación actual del sistema. Insisto, no estoy ciego. Todo lo contrario, también yo cargo contra “la casta” y pienso que es imprescindible darle la vuelta al calcetín: la gran diferencia es que, aunque parezca paradójico, cuento con “la casta” para este giro. Dicho de otro modo, es necesario un cambio del cambio, una nueva transición desde las mismas instituciones que hicieron la primera.

Y para ello acudo a la experiencia que siempre nos aporta la historia, con sus aciertos y sus errores. De ahí que hable de una nueva transición, ya. Si Torcuato Fernández Miranda urdió junto al Rey Juan Carlos y a Suárez el “suicidio” político del régimen franquista por sus propias Cortes, ahora se hace necesario repetir el mismo jaque ganador, el mismo suicidio de lo que tiene que renacer.

Para ello es necesario un gran pacto entre los partidos políticos que compre un nuevo traje a una democracia con el vestido de novia lleno de manchas de corrupción y partitocracia. Pero tengo claro que quiero seguir con la misma novia, y no quiero experimentos que terminen prohibiéndome escribir esta tribuna. Por ello deseo, no sin cierto escepticismo, que los partidos políticos se den cuenta de una puñetera vez que tienen que hacer lo que ya se hizo hace 40 años: “suicidarse” de muchas cosas para cambiar el traje sin cambiar de novia.

Y lo primero es desvestirse de la partitocracia de la que los políticos son actores, los medios de comunicación cómplices y la sociedad en general encubridora: degüellan a veinte cristianos coptos salvajemente pero todo el espacio y todas las tertulias en los medios son para las zancadillas de un partido en Madrid y para la fiesta de cumpleaños de un futbolista. En este país solo hay dos partidos: los políticos y los de fútbol. Así nos va y así no podemos seguir si queremos ser una sociedad democrática madura. He conocido a muchos políticos honrados y vocacionales, y la política es una noble vocación de servicio público, pero no debería ser nunca ni la vocación del servicio a los intereses del “partido”, ni un oficio para ganarse la vida como sea, ni una excusa para meter la mano.

Y lo segundo es ponerse de acuerdo de una puñetera vez en cosas por encima de cualquier dichoso partido político: el modelo territorial (incluida la función del Senado), el sistema judicial (el único que quizás no se haya reformado nunca desde la Transición), la ley de partidos (incluyendo, como no, normas claras para el acceso a un puesto político y para la corrupción) y el sistema educativo (es vergonzoso que cada partido cambie las normas cuando llega al gobierno). Eso para empezar.

Que la situación sea crítica tiene de bueno que debería abrir los ojos al propio sistema, a la propia “casta”, pero de nada sirve si no madura la determinación, por encima de todo, incluso de golpes de estado, de la que hicieron gala los protagonistas del tránsito a la democracia.

Y hace falta ya, no podemos esperar más.

Han pasado cuarenta años y es necesario una nueva “ley para la reforma política”, un nuevo vestido de novia para una nueva transición, ya. Precisamente para que todos estos cuarenta años no terminen en un “divorcio a la venezolana”.

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1814-2014: BICENTERARIO SIN PENA NI GLORIA

23 de Diciembre del 2014 a las 12:55 Escrito por Jaime Aguilera

PUBLICADO EN TRIBUNA DE “SUR” EL DÍA 22/12/2014

Termina el año 2014. Un año en el que se han recordado dos efemérides hasta la saciedad. Por un lado, en clave internacional, se ha celebrado el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914. En este sentido, este verano pasado, pude comprobar en suelo inglés como en Londres, en los pueblos, en las fiestas, en las casas de campo, en los aeropuertos, en cualquier medio de comunicación… se conmemoraba una y otra vez, hasta la saciedad, el inicio de la que fue llamada en su día Gran Guerra, y que tantas vidas costó en el continente europeo.

Por otro lado, en clave regional, y con tintes claramente politizados y proselitistas, Cataluña –y especialmente el gobierno catalán- ha celebrado no el triunfo sino la derrota de la opción que apostaba por la Casa de Austria en la Guerra de Sucesión española y que, a la postre, supuso el final de los fueros catalanes con los Decretos de Nueva Planta: una pérdida de derechos que impuso el vencedor, el instaurador de la nueva casa reinante en España: el Borbón Felipe V.

Sin embargo, ha pasado desapercibido, sin pena ni gloria, el bicentenario de nuestro triunfo contra el invasor francés en la Guerra de la Independencia. Resulta curioso, y casi paradójico, que la fecha que se intercala matemáticamente entre 1714 y 1914 no haya aparecido en actos políticos, institucionales, o simplemente en los medios de comunicación. La única fecha que no supuso ni el inicio de una guerra ni la derrota de otra: porque de los tres años que manejamos y que terminan en 14 la de 1814, insisto, fue la única victoria, y sin embargo no se ha hablado nada de ella. Y curiosamente también tuvo una lectura –como 1914- claramente internacional y europea, porque supuso la primera derrota –con la ayuda inglesa- del imbatible Napoleón. E igualmente tuvo una lectura en clave catalana: porque no cabe duda de que nombres catalanes como los de Gerona o el Bruch están íntimamente unidos a esta victoria, catalanes y catalanas que justamente cien años después de luchar contra un Borbón francés lucharon, y murieron, por defender una España unida con fuerza contra el invasor francés. Ahora, da la sensación de que estos payeses nunca existieron.

Se hace necesario recordar, ahora en pura clave localista, que muchos malagueños y malagueñas, organizados en eficaces guerras de guerrillas, arrancaron las plumas del águila imperial que hasta ese momento lo había arrasado todo. Se hace necesario recordar que personajes como el gobernador militar malagueño Teodoro Reding –sí, el del paseo o del de la calle Reding- será quien mande a las tropas españolas en la batalla de Bailén, siendo, por tanto, el artífice de la primera victoria sobre un cuerpo de ejército de Napoleón en toda Europa. Repito, el primero: ¿se imaginan ustedes la que se hubiera organizado en cualquier otro país de Europa si Reding hubiera estado entre sus paisanos? Yo les anticipo la respuesta invitándoles a que hagan un seguimiento de todo lo que ya, antes de que empiece el año, hay ya organizado para conmemorar la batalla de Waterloo que, vuelvo a insistir, no fue la primera derrota napoleónica pero, claro está, tuvo la suerte de no acontecer en nuestro suelo patrio.

¿Y por qué ocurre esto? No se puede simplificar, pero coincidirán conmigo en que hay varias causas que se perciben a simple vista. La primera es que desconocemos nuestra historia; pero, sobre todo, la primordial, es que la idea de España como nación está de capa caída, básicamente por razones puramente políticas y cainitas, porque sigue habiendo dos Españas, y últimamente quizás más de dos. Porque nos avergonzamos de nuestra bandera a menos que ganemos un mundial de fútbol.

De nuevo, a riesgo de ser repetitivo, tengo que traer a colación el presagio de Bartolomé Gallardo, el personaje histórico que protagoniza mi última novela, en plena Guerra de la Independencia: “no dudo de que venceremos a los franceses, pero no sé si venceremos a nosotros mismos”.

Sirva esta humilde tribuna como merecido y reivindicativo homenaje al bicentenario de la última gran victoria de un pueblo español unido; es más, que ha demostrado en quinientos años que si está unido, y sólo si se mantiene unido, puede conseguir lo que se proponga. No tienen más que repasar lo que ocurrió después: todo un sería un desastres como las guerras Carlistas, Cuba, Marruecos, la Guerra Civil… y menos mal que no hubo guerra, y que nos unimos de nuevo con la Transición. Una Transición, por cierto, que maravilló al mundo con sus logros y con espíritu de concordia y que por desgracia –no tenemos remedio- de nuevo está hoy en entredicho.

Así que ya saben, ya que en altas esferas nadie lo ha hecho, tengan ustedes -como diría Cervantes, “discretos lectores”- un pensamiento de orgullo para sus antepasados, que hace justo doscientos años fueron los primeros en Europa que vencieron al pequeño Gran Emperador.

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